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El Estado se ha convertido en el verdadero dios de nuestra nación

Gary DeMar | 2 de Julio de 2019

(American Vision) – «En Dios confiamos» es la divisa nacional de nuestro país. Está en el dinero, aparece en numerosos edificios gubernamentales y en los de los tribunales, y es la divisa oficial del Estado de La Florida. La Cámara de Representantes de Carolina del Norte aprobó una ley que permitirá que la divisa «En Dios confiamos» sea exhibida en las escuelas públicas en el curso escolar 2019 – 2020.

Pero ¿qué Dios es ese? ¿Podría ser cualquiera o cualquier cosa? Podría ser una ideología o gobierno.

A la mayoría de los americanos les gustan las cosas «gratis». Los demócratas están tratando de vender educación gratis a cambio de votos. Lo sé, es una contradicción, pero ¿quién dice que los políticos sean consistentes’ Los políticos prometen atención médica gratuita a los inmigrantes ilegales y al mismo tiempo les imponen multas a los estadounidenses que se niegan a tener seguro médico.

Las hipotecas aseguradas por el Gobierno son comunes y son lo esperado. Los empleos y sueldos del Gobierno superan a los del sector privado.

Los tribunales están cambiando la definición de lo que es un matrimonio y una familia. Los jueces de la era de Clinton y Obama pasan por encima de la voluntad del pueblo y las decisiones de los funcionarios electos. El dinero es creado «de la nada» para «estimular» la economía. Nuestro Gobierno se parece cada día más a un dios, y no precisamente a un dios bueno. Quizás fue a ese dios al que un niño pequeño, en el programa de la HBO «Big Little Lies» [Pequeñas Grandes Mentiras] llamó un «idiota».

La obra de Herbert Schlossberg Idols for Destruction [Ídolos a los que hay que destruir] es un estudio genial del poder:

Los gobernantes siempre han estado tentados a hacer el papel de padres de sus pueblos.… El Estado que actúa como un progenitor sabio en vez de un juez vindicativo ha sido una imagen atractiva para muchas personas. Eso incluye a autoridades eclesiásticas que no comprenden para nada la advertencia de los Evangelios de no llamar a nadie padre en la tierra, porque uno es nuestro Padre, el que está en los cielos (Mateo 23:9). El padre es símbolo no solamente de autoridad, sino también de provisión. «Padre nuestro que estás en los cielos… El pan nuestro de cada día dánoslo hoy» (Mateo 6:911). Mirar al Estado para que provea es un acto cúltico (un acto de adoración); nosotros esperamos correctamente que el alimento  provenga de los padres, y cuando consideramos al Estado como la fuente del sustento físico le estamos rindiendo los honores de la idolatría. Las multitudes que se habían alimentado de los muchos panes y peces estaban listas para recibir a Cristo como su gobernante, no por lo que Él era, sino a causa de la provisión. John Howard Yoder 1 ha interpretado correctamente esa escena: «La distribución del pan motivó a la multitud a aclamar a Jesús como el nuevo Moisés, el proveedor, el Rey del Bienestar que ellos habían estado deseando».2

El poder es más peligroso en las manos de la gente buena, porque están convencidas de que sus intenciones de ayudar a los menos afortunados son correctas y justas. Jesús nunca hizo un llamado a despojar a los ricos para cubrir las necesidades de los pobres, ni siquiera porque la intención de ayudar era para bien de ellos y las personas que querían ayudar eran buenas.

En la obra de J. R. R. Tolkien El Señor de los Anillos, el poder del anillo era algo que no debían desear ni las gentes buenas. El objetivo era destruirlo. Cuando Boromir no pudo evitar el poder del anillo, se murió. Hasta Gandalf y los elfos rechazan el poder del anillo. Tolkien duda que ninguna persona tenga la capacidad de resistir la tentación del poder absoluto, incluso si ese poder es empleado para el bien. Ese es uno de los grandes temas de la serie.

Es lo mismo cuando los políticos se creen que han sido elegidos para un cargo a fin de usar su poder para el bien. Su entremetimiento, aunque sea con las mejores intenciones, puede conducir a resultados desastrosos. Schlossberg continúa

El Estado paternal no solo alimenta a sus hijos, sino que los cuida, los educa, los reconforta y los disciplina, proveyéndoles todo lo que necesitan para su seguridad. Eso parece ser una manera ligeramente insultante de tratar a los adultos, pero es en realidad un gran crimen, porque transforma al Estado, de ser un regalo de Dios para protegernos de la violencia, en un ídolo que nos da todas las bendiciones y al cual miramos para todas nuestras necesidades. Una vez que hemos descendido a ese nivel, como dice [C. S.] Lewis, no tiene sentido decirles a los funcionarios del Estado que no se metan en lo que no les importa. «Nuestras vidas completas son lo que les importa».3

El paternalismo del Estado es el de un progenitor malo que quiere que sus hijos sean dependientes de él para siempre. Ese es un impulso maligno. El progenitor bueno prepara a sus hijos para la independencia, los capacita para que tomen decisiones responsables, sabe que les hace daño cuando no los ayuda a liberarse. El Estado paternal se nutre de la dependencia. Cuando los dependientes se liberan, pierde poder. Por tanto, es parásito de las mismas personas a las cuales convierte en parásitos. Así, el Estado y sus dependientes marchan simbióticamente (en una unión estrecha el uno con los otros) hacia la destrucción.4

Una vez que el Estado adquiere poder, trabaja incansablemente para mantenerlo. Como ha llegado al poder prometiendo seguridad a las masas, debe ofrecer más seguridad para mantenerlo y ganar más poder. Llegará el momento en que las promesas no podrán cumplirse, porque los miembros productivos de la sociedad habrán sido despojados de su capacidad de crear riqueza. El incentivo para trabajar, crear y beneficiarse del trabajo habrá sido destruido.

Cuando la provisión de seguridad paternal remplaza la provisión de justicia como función del Estado, éste deja de proveer justicia. El progenitor artificial (de calidad inferior) deja de ejecutar juicio contra los que violan la ley, y la nación comienza a perder los beneficios de la justicia. Los que se preocupan por el caos en el que ha caído el sistema de justicia criminal deberían analizar en qué se ha convertido la función del Estado. Debido a que el Estado puede ser solamente una pésima imitación de un padre, igual que un oso bailarín lo es de una bailarina, la protección de este Leviatán de padre resulta ser un abrazo de oso.5

Los políticos se aprovechan de los deseos de seguridad y dependencia y los usan para su beneficio político: «El Estado-ídolo usa el lenguaje de la compasión porque su intención es mesiánica. Él encuentra a las masas abusadas e indefensas, como ovejas sin pastor, necesitadas de un salvador».6

La intención de hacerle el bien al pueblo se convierte en una fuerza destructora cuando mantiene al pueblo en una condición de dependencia. Cuando George W. Bush propuso reducir los impuestos a los trabajadores en 2003, Alan M. Webber, editor y fundador de la revista Fast Company, presentó el clásico punto de vista de despojar para satisfacer las necesidades del pueblo: «Al nivel de la comunidad» —escribe él— «las personas ordinarias quieren trabajo, quien beneficios  y quieren seguridad. Este no es el momento de reducir los impuestos, sino para implementar programas de gasto al estilo de los demócratas: creación de trabajos temporales, gastos en obras públicas dirigidas, beneficios de desempleo  extendidos».7

Webber y todos los candidatos presidenciales demócratas para 2020 creen que confiscarle el dinero a los trabajadores, pasarlo a través de una enorme burocracia y después distribuir una cantidad menor del mismo a las masas indefensas es mejor que permitir que los trabajadores se queden con su dinero, lo ahorren, lo gasten y lo inviertan.

Se crean trabajos de verdad, y menos personas se mantienen en dependencia del Estado cuando los consumidores toman sus propias decisiones. Los demócratas —y es  triste decirlo, muchos republicanos— creen que una economía compleja y multifacética es manejada mejor por unos burócratas que por millones de personas que todos los días toman miles de millones de decisiones económicas. Los únicos que se benefician de los «gastos en obras públicas» son los políticos que crean los programas y aquellos que tienen poder para implementarlos. Los perdedores son los miembros productivos de la sociedad que son despojados y los que se convierten en dependientes de la riqueza confiscada, que les es entregada en nombre de la compasión.

Notas:

  1. John Howard Yoder, The Politics of Jesus: Vicit Angus Noster, 2ª edición. (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1972), pp. 34–35.
  2. Herbert Schlossberg, Idols for Destruction: The Conflict of Christian Faith and American Culture (Wheaton, Illinois: Crossway Books, [1983] 1993), p. 183.
  3. C. S. Lewis, God in the Dock, editor Walter Hooper (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1970), p. 314.
  4. Schlossberg, Idols for Destruction, p. 184.
  5. Schlossberg, Idols for Destruction, p. 184.
  6. Schlossberg, Idols for Destruction, p. 185.
  7. Alan M. Webber, “Bush’s proposed tax cuts won’t rescue sinking U.S. economy,” USA Today (13 de enero de 2003), p. 13A.