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Tuvimos un aborto. No era mi cuerpo, pero era mi bebé.

Garrett Kell | 22 de enero de 2019

«Necesitamos una generación de hombres jóvenes que no den la espalda cuando dejan a una mujer embarazada ni presionen a una mujer para que acabe con la vida de su hijo»escribe Garrett Kell. (Foto: skaman306 / Getty Images)

(The Daily Signal) – Cuando yo tenía 19 años, dejé embarazada a una amiga. 

En el verano, una amiga y yo habíamos pasado una noche juntos. Unas pocas semanas más tarde me dijo que estaba embarazada y que era mío.

Yo «no estaba listo para tener un bebé». Tenía esperanzas y sueños por delante, y tener un niño me parecía que era el fin de todos esos sueños.

Ninguno de nosotros lo esperaba, y tampoco nos sentíamos listos para criar un niño juntos. No estábamos enamorados y pensamos que sería mejor irnos cada uno por su lado con borrón y cuenta nueva.

Así que abortamos a nuestro niño. 

Le pedimos $400 a un amigo y fuimos a una clínica donde nos recetaron una píldora. Fuimos en carro a la casa de uno que estaba vacía, donde pasamos la noche. Le di a ella un vaso de agua para que se tomara la píldora. La sostuve de la mano mientras sufría las contracciones y lloraba. Yo estuve allí cuando terminamos la vida de nuestro niño por nacer.

Cuando nuestro procedimiento estuvo terminado, sentí alivio. Me sentía libre para comenzar de nuevo a vivir y a tomar decisiones más prudentes. Podía tener un nuevo comienzo, y de muchas formas lo tuve.

Pero algunas decisiones dejan cicatrices. En un final, nuestro aborto fue una de esas decisiones. En los años transcurridos desde nuestra decisión, a menudo he reflexionado en lo que sucedió aquel verano. Eso me cambió. Yo había tomado parte en la creación de una vida.

Y después había tenido parte en la terminación de esa vida.

Existía el latido de un corazón y yo lo detuve. Había una vida y yo la acabé. A esa realidad no podía escapar. Yo traté de ignorarla, pero no tenía dónde esconderme. Mi corazón acusador latía más y más fuerte.

Yo había amado mi  vida tanto, que estuve dispuesto a matar a mi propio hijo con tal de proteger mi felicidad.

Nunca iba a escuchar su risa. Nunca íbamos a mirarnos fijamente por primera vez.   Nunca vi su sonrisa ni me alegré con sus primeros pasos ni entendí sus primeras palabras. Nunca lo escuché leer por primera vez, ni soporté sus preguntas sin fin de por qué el mundo es como es. Me perdí todo eso, y también él, porque destruí la vida de mi hijo.

Mi hijo tendría hoy 21 años.

Estaríamos en la etapa cumbre de una graduación del instituto. Yo estaría dando mi charla paterna final sobre trabajar duro y escoger la clase adecuada de cónyuge.

Pero nada de eso está sucediendo.

Mi experiencia me ha dado más compasión por los que se enfrentan al temor de un embarazo no planificado.

Dios me ha traído sanidad y me ha mostrado el perdón que yo no me merezco. Mi experiencia con el aborto es una de las razones por las cuales yo hablo del tema, incluso cuando me piden que deje de hablar de eso.

Es el cuerpo de ella

En los años transcurridos, he sostenido conversaciones con varias mujeres que me han exhortado a quedarme callado con relación al aborto. Me han dicho: «Es el cuerpo de una mujer, y ella tiene el derecho de escoger qué hacer con él» y «Usted es un hombre; no tiene derecho a decirle a una mujer qué hacer con su cuerpo».

Yo comprendo su exigencia. El cuerpo le ha sido dado a la mujer como un regalo de Dios. Nunca debe ser tocado de una manera que ella no permita. Un hombre no tiene el derecho de forzarla a usar su cuerpo contra su voluntad. Su cuerpo es de ella y eso hay que respetarlo.

Ningún hombre puede entender de verdad el gozo del embarazo ni los temores de una preñez inesperada. Los hombres tienen sus propias esperanzas y penas, pero hay algo singular en la forma en que una mujer tiene esperanzas de que su vientre se llene de vida. También es singular la pena que sienten las mujeres cuando esa vida termina mediante un aborto espontáneo o provocado. Como dice un viejo proverbio: «Cada corazón conoce su propia amargura, y nadie más puede compartir su gozo».

El cuerpo no es solo de ella

Sin embargo, el hecho de que sea el cuerpo de una mujer no capta toda la verdad.

Cuando una mujer queda embarazada, su cuerpo ya no es suyo. Ahora pertenece también a su hijo. En el milagro de la maternidad, un ser humano viviente es concebido dentro de su cuerpo y después se fija a la pared de su útero. Está dentro de ella, pero es diferente a ella. Está en el cuerpo de ella, pero no es el cuerpo de ella. 

Lo que está creciendo dentro de ella no es meramente un tumor ni un cúmulo de células que tiene la posibilidad de ser un bebé. Es un bebé. Algunos podrán objetar a esto, pero es científicamente deshonesto hacerlo. El niño que está en el útero tiene un ADN distinto, un tipo de sangre diferente, y todas las características que nos hacen distintivamente humanos. Lo que hay dentro de ella es un ser humano viviente y único. El niño tiene un latido detectable del corazón entre las cinco y las seis semanas.

El bebé no es sólo de ella

Aquí es donde la responsabilidad del padre debe ser resaltada. Mientras que el cuerpo de la mujer es de ella, el bebé no es sólo de ella. Es el bebé de ellos.

Independientemente de si planeaban tener un hijo o no, es el bebé de ellos. Independientemente de los deseos del padre de hacerse responsable de sus  decisiones o no, es el bebé de los dos. Esto es válido para cualquier embarazo, incluyendo a aquel que decidí ser parte de su terminación. Cuando hicimos nuestro aborto, no era mi cuerpo, pero era mi bebé.

Por favor, reprima cualquier deseo de hacer una mueca en este punto. Hay pocas cosas más preciosas que el amor de un padre. Esa es una de las razones por las que el mundo se ha  enamorado de Jack y Randall, de la exitosa serie «Esto somos nosotros».  Hay algo en nosotros que quiere que los padres sean como Jack y Randall — o, si somos padres, queremos ser como ellos.

La importancia de los padres halla eco en todos nosotros. Los que hemos tenido padres maravillosos lo celebramos, y los que no, saben el dolor que eso deja.

Los abortos no son solamente la decisión de una madre. Son también la responsabilidad de un padre. Perpetuar la mentira de que los hombres tienen que echarse a un lado en la discusión del aborto —porque es el cuerpo de una mujer— no sólo es algo falso, es catastrófico para las generaciones por venir.

Lo que necesitamos es una generación de jóvenes que respeten a las damas y las ayuden a proteger el don precioso de su sexualidad como estaba destinada a ser.

Necesitamos una generación de jóvenes que no traten a las mujeres como objetos, sino que las traten con decencia y respeto.

Necesitamos una generación de jóvenes que no se alejen cuando dejen embarazada a una mujer ni presionen a una mujer para que ponga fin a la vida del hijo de ellos.

Necesitamos una generación de hombres que amen a sus hijos por nacer y lleguen a cualquier extremo para alentar a la madre a que lo tenga. Deberán estar dispuestos a ayudar a criar al pequeño o dejarlo en adopción.

También necesitamos una generación de mujeres que alienten a los hombres a asumir la responsabilidad y mostrar el amor sacrificial y la empatía que deben caracterizar a los hombres, no que los saquen de la conversación sobre el aborto.

Aunque el aborto afecta de manera única a las mujeres, no se trata nada más que de la mujer, sino también del niño dentro de su vientre, y del padre del niño.

Porque, en un final, es el cuerpo de ella, pero es el bebé de los dos.

Una versión previa de este artículo fue  publicada por la Comisión de Ética y Libertad Religiosa [Ethics & Religious Liberty Commission].