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Abrir las fronteras conlleva un mayor riesgo de enfermedad

Walter E. Williams | 29 de agosto de 2018


Un agente de la Patrulla Fronteriza detiene a un hombre de Guatemala luego de que él y otros más cruzaran ilegalmente la frontera de los E.E.U.U desde México, en Penitas, Texas, el 15 de agosto de 2018. (Foto: Adrees Latif/Reuters/Newscom)

 (The Daily Signal) – La Ley de Inmigración y Nacionalidad exige que todos los inmigrantes y refugiados se sometan a un examen de detección médica para determinar si tienen una condición de salud inadmisible.

Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades [por sus siglas en inglés, CDC] poseen instrucciones técnicas para el examen médico de posibles inmigrantes en sus países de origen, antes de que se les permita ingresar a los Estados Unidos. Se les realiza una prueba de detección de enfermedades contagiosas e infecciosas, como la tuberculosis, la malaria, la hepatitis, la polio, el sarampión, las paperas y el VIH. También se les realizan pruebas para detectar sífilis, gonorrea y otras enfermedades de transmisión sexual.

El CDC también tiene pautas de exámenes médicos para los refugiados. Estas evaluaciones generalmente se realizan entre los 30 y 90 días después de que los refugiados llegan a los Estados Unidos.

Sin embargo, ¿qué pasa con las personas que entran ilegalmente en nuestro país? El CDC menciona específicamente la posibilidad de movimiento transfronterizo de VIH, sarampión, tos ferina, rubéola, rabia, hepatitis A, influenza, tuberculosis, shigelosis y sífilis.

Chris Cabrera, un agente de la Patrulla Fronteriza en el sur de Texas, advirtió: “Lo que viene a los EE. UU. podría perjudicar a todos. Estamos comenzando a ver sarna, varicela, infecciones por staphylococcus aureus resistentes a la meticilina y diferentes virus”.

Se sabe que algunos de los menores que ingresan ilegalmente en nuestro país son portadores de piojos y padecen diversas enfermedades. Debido a que no se le han realizado exámenes médicos a los inmigrantes indocumentados, no tenemos idea de cuántos son portadores de enfermedades infecciosas que podrían poner en peligro a los niños estadounidenses cuando estos inmigrantes ingresen a las escuelas de toda la nación.

Según el CDC, en la mayoría de los países industrializados, el número de casos de tuberculosis y el número de muertes causadas por la tuberculosis disminuyeron constantemente durante los 100 años anteriores a la mitad de la década de los ochenta. Desde los años 80, los inmigrantes han revertido esta tendencia a la disminución en países que han tenido niveles sustanciales de inmigración proveniente de áreas donde la enfermedad es prevalente.

En 2002, el CDC dijo: “Hoy en día, la proporción de inmigrantes entre las personas que se informa tienen TB supera el 50 por ciento en varios países europeos, incluidos Dinamarca, Israel, los Países Bajos, Noruega, Suecia y Suiza. Una proporción similar se ha previsto para los Estados Unidos”.

El número de casos activos de TB entre los ciudadanos nacidos en Estados Unidos disminuyó de un estimado de 17,725 en 1986 a 3,201 en 2015. Esto significó una disminución del 80 por ciento. Los datos informados al Sistema Nacional de Vigilancia de la Tuberculosis muestran que la incidencia de la TB en los Estados Unidos, entre las personas nacidas en el extranjero (15,1 casos por cada 100,000), es aproximadamente 13 veces mayor que la incidencia entre las personas nacidas en los Estados Unidos (1.2 casos por cada 100,000).

Esas estadísticas se refieren a inmigrantes que están legalmente en los EE. UU. No hay forma de que sepamos la incidencia de la tuberculosis y otras enfermedades transmitidas por quienes se encuentran en nuestro país ilegalmente y, por lo tanto, no están sujetos a exámenes médicos.

Este problema de salud pública es ignorado por todos los estadounidenses que defienden las ciudades santuario. Este problema de salud pública también es ignorado por los estadounidenses que claman por fronteras abiertas y eso incluye a muchos de mis amigos libertarios.

Por cierto, a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando masas de inmigrantes europeos intentaban ingresar a nuestro país, las personas con enfermedades peligrosas fueron retornadas desde la Isla Ellis. Los estadounidenses no habían “progresado” hasta el punto de pensar que cualquier persona en el mundo tiene el derecho legal de vivir en los Estados Unidos. Tampoco pensaron que era cruel o racista tomar medidas para evitar que nuestros compatriotas estadounidenses contrajeran enfermedades de los extranjeros.

No obstante, aparte de las enfermedades, existe una mayor amenaza en dar la bienvenida a nuestras costas a  personas que sienten un desprecio total por los valores occidentales y quieren importar valores antioccidentales a nuestro país, tales como la mutilación genital, los asesinatos por honor y la opresión de las mujeres.

Muchas personas del tipo libertario argumentan que, cuando se trata de personas y bienes, nos beneficiaríamos de tener fronteras abiertas. Esta visión ignora el hecho importante de que cuando importamos a los EE. UU, digamos, tomates de México en lugar de personas, éstos no van a exigir que les proporcionemos beneficios de bienestar social.

La conclusión es que nosotros, los estadounidenses, tenemos derecho de decidir quién ingresa a nuestro país y bajo qué condiciones. Si renunciamos a ese derecho, dejamos de ser una nación soberana. Sin embargo, eso puede no ser importante para algunos estadounidenses.