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En la medida que la maldad abunde en Estados Unidos, ¡vístase de la armadura de Dios y pelee!

Mark Landsbaum | 22 de junio de 2018

(BarbWire.com) – Muchos cristianos se quejan de la condición del mundo y de nuestra nación. Yo también me declaro culpable de esto. Es fácil inculpar a una cultura incrédula y a los campeones del comportamiento pecaminoso.

Pero, ¿cuántos de nosotros hemos resistido el embate de la depravación? Ha sido mucho más fácil refugiarnos en la comodidad de nuestros propios espacios seguros, dentro de las paredes de la iglesia y el hogar, donde (hasta ahora) las intrusiones del mundo han sido menos opresivas. Con esta respuesta pasiva ante la maldad del mundo, hemos básicamente concedido la victoria a los poderes de las tinieblas.

No es suficiente que los cristianos ejerzamos piadosamente nuestra fe a puertas cerradas, sin contacto con el mundo caído en el que vivimos. Si esto fuera suficiente, no habría sido necesario proveernos la armadura completa de Dios, tal y como lo describe el apóstol Pablo en Efesios 6. Estas protecciones (el escudo de la fe) y armas (la espada del Espíritu) nos han sido otorgadas para utilizarlas, no para tenerlas guardadas en un armario.

De hecho, tal y como escribió el comentarista de la Biblia, Matthew Henry, hace más de 200 años: “Nuestro trabajo actual es resistir los ataques del demonio (...)”. El cristianismo no es un culto suicida. Estamos llamados a resistir el mal. A defendernos de él. A repelerlo.

Ciertamente, los cristianos enfrentaremos martirio y persecución en este mundo donde constantemente somos atacados:

Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. (Efesios 6:12. RVR 1960)

Sin embargo, Dios no nos ha dejado indefensos: “(…) la espada del Espíritu (…) es la palabra de Dios” nos dice Efesios.

Los argumentos de las Escrituras son los argumentos más poderosos para repeler el mal y la legión de demonios que opera en este mundo diseminando mentiras y herejías. Cuando el propio Satanás trató de convencer a Cristo, le ofreció tentaciones mundanas. Jesús respondió citando la Palabra de Dios: “Escrito está  (...)”.

No es una coincidencia que hablar la Palabra de Dios esté cada vez más restringido, incluso prohibido, en tantos ámbitos de nuestra sociedad.

Cuando actuamos en contra de las leyes de Dios y de Su voluntad, traemos consecuencias negativas sobre nuestras vidas. La Biblia llama a esto “juicio”.

En nuestra nación, nosotros, el pueblo, somos el gobierno. Cuando nosotros, como individuos y como colectivo en calidad de gobierno, actuamos en contra de las leyes de Dios, debemos esperar las mismas consecuencias que el Señor trajo sobre el rey David, el cual actuó en contra de la ley de Dios, como hombre y como jefe del gobierno de Israel.

David lo sabía bien, pero se rindió a Satanás.

“Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel” ( 1 Crónicas 21:1. RVR 1960)

“Asimismo esto desagradó a Dios, e hirió a Israel (…) Así Jehová envió una peste en Israel, y murieron de Israel setenta mil hombres”. (1 Crónicas 21:7, 14. RVR 1960)

¿Podemos esperar que Dios ignore nuestra desobediencia individual deliberada y la desobediencia colectiva intencionada de nuestra nación? Si nosotros como iglesia hemos elegido “tolerar” el mal a pesar de que se nos arroja a la cara, y si como nación hemos normalizado el pecado, otorgándole a hechos malvados la protección constitucional de la ley, ¿podemos realmente esperar que Dios pase por alto nuestra desobediencia voluntaria?

¿Sobre qué base podemos esperar que Dios sea tan misericordioso con nosotros y con nuestra nación como lo fue con el rey David y su nación?

Note que el rey David se arrepintió de su pecado.

“Entonces dijo David a Dios: He pecado gravemente al hacer esto (…)”. ( 1 Crónicas 21:8. RVR 1960)

Como consecuencia, Dios canceló el castigo de muerte que Israel y su gobierno ampliamente merecían.

Y alzando David sus ojos, vio al ángel de Jehová, que estaba entre el cielo y la tierra, con una espada desnuda en su mano, extendida contra Jerusalén. Entonces David y los ancianos se postraron sobre sus rostros, cubiertos de cilicio.

Y dijo David a Dios: ¿No soy yo el que hizo contar el pueblo? Yo mismo soy el que pequé, y ciertamente he hecho mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? Jehová Dios mío, sea ahora tu mano contra mí, y contra la casa de mi padre, y no venga la peste sobre tu pueblo. ( 1 Crónicas 21:16-17. RVR 1960)

¿Hemos pecado como nación deliberadamente? La pregunta es retórica. De hecho, nuestros pecados, individuales y colectivos, son en realidad más parecidos a los de Sodoma y Gomorra que a los de David e Israel. No hubo arrepentimiento en Sodoma y Gomorra, y sabemos lo que sucedió.

David se arrepintió, como hombre y como jefe de gobierno. Dios respondió misericordiosamente.

“Entonces Jehová habló al ángel, y éste volvió su espada a la vaina”. (1 Crónicas 21:27. RVR 1960)

¿Nos hemos arrepentido como individuos o como nación? El hecho es que no sólo nosotros y nuestra nación persistimos en la desobediencia voluntaria, sino que en gran medida nos negamos a vestirnos con la armadura de Dios para resistir los males del mundo. En cambio, los abrazamos; más cada día que pasa, con cada sesión sucesiva del Congreso y con las legislaturas estatales.

¿Podemos con sinceridad esperar que el Señor le ordene a su ángel de la justicia que enfunde nuevamente su espada y nos libre de Su ira?

Es un mensaje tan antiguo como las Escrituras, pero que vale la pena repetir. Resista el mal del mundo, no coexista simplemente con él. Exponga las mentiras del mundo y el mal que ellas representan. No se adapte al pecado, ni lo apoye, ni lo tolere. Con demasiada frecuencia le hemos dado cabida, lo hemos respaldado y tolerado, y las consecuencias han sido malas.

Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.

Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia.

No seáis, pues, partícipes con ellos. (Efesios 5:5-7. RVR 1960)

Ponte la armadura de Dios para que puedas resistir el mal. Defiéndete de él, recházalo, o espera las consecuencias.