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La estampida de transgéneros le hace la competencia a Mao Tse-tung

Lee Duigon | 18 de noviembre de 2017

(barbwire.com) – Yo he llegado a pensar que el movimiento de los transgéneros es la peor cosa que ha ocurrido en mi vida, con la posible excepción del Gran Salto Adelante de Mao Tse-tung, que mató por lo menos a 40 millones de chinos en apenas cinco años.

No obstante, el forcejeo transgénero apenas ha comenzado y toda la clase gobernante del mundo occidental está detrás de él, como si sus propias vidas dependieran del mismo. No solo los políticos, sino los estudios de cine, los ejecutivos de la televisión, los sindicatos de maestros y otros –hum –educadores, jueces, abogados y corporaciones de negocios; todos son culpables.

Además, este forcejeo ha avanzado con una velocidad terrible, la suficiente para que se convierta en un desafío. A uno le recuerda un rebaño de ganado muerto de sed, que se precipita hacia una charca. Por qué esta locura le puede parecer a alguien una charca es algo más allá de toda comprensión. 

Hasta las iglesias han saltado a bordo del bote. Recientemente la Iglesia de Inglaterra ordenó a todas sus 4 700 escuelas, que brindan servicio a más de un millón de alumnos, que «permitieran a los niños experimentar con sus identidades de género».  Ya no se habla de «No os conforméis a este siglo» (Romanos 12:2); se acabó eso de «Varón y hembra los creó» (Génesis 1:27). Ya ni siquiera podemos decir «Los varones son varones». Cómo la Iglesia reconcilia eso con la Palabra de Dios es algo que escapa a mi entendimiento. Quizás ellos ni se preocupen por intentarlo.

La semana pasada, la Autoridad del Tránsito de la Ciudad de Nueva York prohibió a sus empleados decir «Damas y caballeros», no fuera a ser que alguna «persona transexual» (Dios no lo quiera) entre los millones de pasajeros del metro, se sintiera ofendida. «Damas y caballeros» es tabú porque no es «inclusiva». Esa palabrita le ha hecho mucho daño a nuestra cultura.

Una encuesta reciente de Pew Research halló que el 77 por ciento de los demócratas que han pasado por 4 años o más de instituto, creen ahora que «el sexo no se determina al nacer» . Claro, son los demócratas, no podemos esperar otra cosa, pero ¿qué es lo que han producido los institutos? ¿De verdad la gente termina creyendo cualquier porquería pura que aprenden en ellos? ¿En realidad son tan poderosos? Imagínense que alguna vez se les emplee para algún propósito constructivo. Pero quizás eso no sea posible.

Y noten lo insidioso del lenguaje. En la encuesta, Pew empleó la expresión «sexo asignado al nacer». ¿Asignado por quién? Si hay una asignación, debe haber un asignador. Algunos de nosotros hemos pensado siempre que ese era Dios, pero ahora se nos dice que estábamos equivocados. No se nos dice quién hace la asignación, pero parece que se espera que la hagamos nosotros mismos, como si fuéramos Dios, igual que en la mentira perpetua de Satanás «Seréis como Dios». Seremos cualquier cosa que digamos que somos. Si nos «auto-identificamos» como ratas almizcleras, eso nos convierte en ratas almizcleras.

Ahora bien, esto es al mismo tiempo locura y abominación. Es un rechazo a la realidad, una revuelta contra el orden creado por Dios, y ha llegado tan lejos, como un tren sin conductor, que no nos alcanza el tiempo para predecir a dónde nos llevará.

¿Quiere usted vivir en un orden creado por charlatanes e idiotas?.

Nosotros no somos dioses.  Nuestras palabras tontas e inútiles no definen la realidad. ¿Por qué es siquiera necesario señalar esto? Diga que usted puede volar, salte desde el techo, y vea lo que ocurre. No hay manera en que eso nos salga bien.

Dios al final llevará a cabo Su plan de regeneración y salvación sin importar lo que digan o hagan nuestros gobernantes de este mundo. Yo no creo que Él le haga caso a la Autoridad del Tránsito de la Ciudad de Nueva York. Sin embargo, a consecuencia de lo que esos imbéciles dicen y hacen, y a causa de las multitudes sin cerebro que los siguen, este va a ser un viaje en extremos difícil, más allá de lo que podemos imaginar. Que termine en un choque estrepitoso o en un suave y repugnante chapuzón no tiene mayor importancia.

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