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Padres cristianos: Sus hijos no están preparados para ser misioneros en las escuelas públicas

Matt Walsh | 3 de abril de 2017

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(theblaze.com) – Un progenitor preocupado me envió esto, que apareció en el boletín escolar de la Escuela Media Mary Ellen Henderson, de Falls Church, Indiana. Entre otros artículos duros de periodismo destinados a los niños de edades entre 11 y 13, había un artículo sobre los «derechos transexuales».

El artículo explicaba cómo Obama «había mejorado las vidas de las personas transexuales al luchar contra la discriminación hacia ellas», pero todo eso estaba ahora amenazado por culpa del presidente Trump. El siguiente artículo abundaba en los detalles y maravillas de las distintas formas de identidad sexual, que incluyen «transexualidad», «no binario», «asexual», «semisexual», «sexofluido» y «flujosexual». Obviamente, yo soy más inocente e ingenuo que el estudiante promedio de secundaria de estos días, así que nunca había oído hablar de algunos de estos. Para cualquier otro que quiera ser curioso, he aquí cómo los tres últimos tipos son explicados a los adolescentes de edad pre-púber.

Semisexual: Semisexual se refiere a personas que se identifican parcialmente con un sexo. Las personas semisexuales pueden identificarse como parcialmente pertenecientes a un sexo diferente.. Los ejemplos incluyen seminiña, o alguien que se define parcialmente como niña; seminiño, alguien que se define en parte como niño; semiasexual, que quiere decir alguien que se define en parte como asexual; y de manera más amplia: semi-no binario, o alguien que sólo en parte se define como no-binario

Sexofluido y flujosexual: Sexofluido se refiere a alguien cuyo sexo cambia entre alguna de las categorías anteriores. Por ejemplo: alguien puede sentirse femenino un día, masculino otro día, y asexual al día siguiente. De manera similar, flujosexual se refiere a alguien cuyo sexo cambia de intensidad. Eso significa típicamente que el sexo de alguien puede fluctuar entre asexual y uno diferente, que puede ser binario o no-binario. Por ejemplo: alguno puede sentirse a veces completamente femenino, a veces semisexual y otras veces asexual.

¿Entendieron todo eso?

Puede que alguien parcialmente no tenga sexo, mientras que la otra parte puede tener tres sexos, y la tercera parte sea un sofá. Estos son los conceptos implantados en el cerebro de nuestros hijos en las escuelas públicas. El estudiante promedio de 7º grado en los Estados Unidos puede que no sepa hacer operaciones elementales de aritmética sin una calculadora, ni nombrar a las Potencias Aliadas de la Segunda Guerra Mundial, ni entender la diferencia entre allí [«there»] y de ellos [«their»], pero puede apostar lo que quiera a que es capaz de distinguir 112 sexos diferentes y explicarlos de manera tan detallada como para hacer sonrojar a un adulto.

Si no hemos llegado al punto en que se necesite un éxodo masivo de las escuelas públicas, ¿cuándo llegará ese momento? ¿Estamos esperando que comiencen a llevar hermafroditas desnudos para enseñar educación sexual? Supongo que ni eso será incentivo suficiente para algunos de nosotros. «¡No puedo proteger a mi hijo de lo que está pasando ahí!», «¡Estén en el mundo pero no sean del mundo!» «¡Las mujeres-hombres desnudøs son parte de la vida! ¡No puedo mantenerlo para siempre dentro de una burbuja! ¡Ya tiene 9 años, por amor de Dios!»

Miren, yo sé que la escuela púbica pueden ser la única opción para algunas personas. Hay progenitores solteros con pocos recursos económicos que se hallan arrinconados en una situación en que la educación gubernamental parece ser la única opción. Y si un progenitor no pude o no desea enseñar en casa, una educación privada cristiana puede ser prohibitivamente cara. No sólo eso, sino que algunas escuelas cristianas son tan malas, o peores, que la escuela pública promedio. Abandonar el sistema de educación pública no es cosa fácil, y presenta muchos obstáculos que en este momento son imposibles de vencer para algunos. El colapso de la unidad familiar, para no mencionar nuestras dificultades económicas recientes, ha contribuido a crear una dependencia de la educación pública. No todo el mundo puede liberarse ahora mismo, lo entiendo.

Sin embargo, ciertamente todos debemos estar de acuerdo, en este momento, en que la escuela pública no es una opción para los que tenemos otras posibilidades. Debemos estar de acuerdo en que la escuela pública es un asunto de último recurso y necesidad. Debemos estar de acuerdo en que la educación pública es inherentemente hostil a los verdaderos valores cristianos y por tal razón no es ni remotamente el ambiente ideal para nuestros hijos. Tenemos que estar de acuerdo en estos puntos. Pero todavía no lo estamos, increíblemente.

Yo tuve esta discusión en Twitter recientemente, la cual hizo que recibiera varios correos electrónicos de padres cristianos que, al parecer, creen que sus hijos deben ser enviados de todas formas a la escuela pública, incluso si hay otras opciones disponibles. Sugirieron que, de alguna forma, esa especie de locura descrita antes pudiera presentar oportunidades para reafirmar la fe de nuestros hijos, y que, en realidad, los estaríamos privando de algo si no les diéramos acceso a tales oportunidades.. Dijeron que la escuela púbica era un «campo misionero», en el cual nuestros hijos podían ser «sal y luz» para sus amigos. Dijeron que no era justo para nuestros hijos ni nuestras comunidades si los «resguardábamos». Insinuaron que, de alguna manera, era el deber de nuestros hijos ministrar a las hordas paganas. Dijeron que «el sistema» necesitaba a nuestros hijos.

Unas pocas respuestas a este punto de vista tan confundido:

Primero que todo, «el sistema necesita a nuestros hijos» es una frase absurda y siniestra. Me recuerda algo dicho por un personaje de El Espejo Negro o La Zona Crepuscular. He aquí la verdad acerca de «el sistema»: No es responsabilidad mía darle lo que necesite. Mucho menos es responsabilidad de mis hijos. No hay nada en la Biblia que diga que tenemos que dedicarnos a mantener un sistema de educación dirigido por el gobierno a cualquier costo. Mi primera responsabilidad es con mi familia, no con la comunidad, ni el sistema escolar, ni los compañeritos de clase de mis hijos. Nunca coloco los intereses del «sistema» por encima de los de mis hijos. Si el «sistema» sobrevive o muere no es mi preocupación. Mi familia es mi preocupación. Tengo una obligación con ellos, no con el superintendente local.

Segundo: si de todas formas coloco a mis hijos en «el sistema» por el bien del «sistema», no seré yo quien haga el sacrificio; estaré obligando a mis hijos a hacerlo. Por lo menos reconozca lo que está haciendo. En resumen, la carga de la enseñanza pública la tendrá que llevar su hijo, no usted.

Tercero: sí, mis hijos al final  estarán expuestos a toda clase de cosas extrañas y terribles. Por mucho que yo quiera protegerlos de los males del mundo para siempre, sé que no puedo hacer semejante cosa.  La cuestión no es si nuestros hijos estarán expuestos a esta o aquella depravación, sino cuándo y en qué contexto. ¿Está usted listo para confiar en el buen juicio de la escuela respecto a cuándo el Niño  está listo para aprender conceptos como «transexualidad»? ¿Confía usted en el juicio de ellos respecto a cómo lo aprende o lo que le dicen al respecto? Si es así, supongo que usted ni siquiera esté leyendo este articulo ahora, porque ha permanecido en un estado vegetativo durante los últimos 30 años.

Cuarto: cuando un niño es enviado a la escuela pública, se espera que navegue, sobreviva y prospere en un ambiente hostil, confuso e inmoral, básicamente separado de sus padres, 6-8 horas al día, 5 días a la semana, 9 meses al año, durante 12 años. ¿Está listo un niño para semejante prueba cuando sólo tiene 5 años?  ¿Está listo a los 8? ¿A los 10? No. Nuestra tarea como padres es «instruirlos en su camino», equiparlos con la armadura de Dios, fortalecerlos en la verdad, y después, liberarlos al mundo. Ese proceso no ha sido completado para cuando se saben atar los cordones de los zapatos. Quiero decir, por el amor de Dios, que la mayoría de los adultos no son capaces de soportar la hostilidad y las presiones de nuestro mundo caído durante todo ese tiempo, ¿y esperamos que nuestros hijos pequeños lo resistan? Es demasiado. No están capacitados, no están listos, no son lo suficientemente fuertes, y se los comerán vivos.

Veamos un solo ejemplo de esa locura sexual. Nuestros niños, en la escuela púbica, estarán en un mundo en el que conceptos como «transexualidad» y «semisexualidad» son normales, saludables, lindos y racionales. Estarán en un mundo en el que tan siquiera reconocer las realidades biológicas básicas es considerado prejuiciado y opresivo. Estarán en ese ambiente casi desde el primer día de kindergarten. ¿Puede un niño pasar toda su vida en esa atmósfera y salir por el otro extremo con su cabeza todavía sobre sus hombros? Es posible, supongo, pero usted nunca pasó por eso. Yo tampoco tuve que pasar por eso: fui a la escuela pública, pero no era tan mala como lo es ahora. Así que estaré exigiendo a mis hijos que estén a la altura de un reto espiritual, mental y moral que yo nunca tuve que soportar, y les estaré exigiendo que lo hagan todos los días, durante 12 años, a partir de su quinto cumpleaños, más o menos.

No es justo. Simplemente no lo es.

Quinto: relacionado con el punto anterior, su hijo no está listo para ser un misionero. No podrá ser un «testigo» para los demás, hasta que él mismo haya sido formado adecuadamente en la fe. No es sorpresa que la mayoría de los jóvenes «misioneros» que preparamos y enviamos para ministrar a las almas perdidas de las escuelas públicas con rapidez se convierten en otras almas perdidas. No tenemos que estar sentados teorizando si el enfoque misionero a la educación es prudente o efectivo. Ya sabemos que no lo es. La vasta mayoría de los padres que creen que sus hijos son «sal y luz» para sus compañeros sencillamente desconocen que sus pequeños guerreros bíblicos ya hace tiempo que desertaron y se unieron a los paganos. Difícilmente se pueda culpar a los muchachos de eso. No son más que niños, después de todo. No son guerreros. Los guerreros están entrenados y disciplinados. Los niños no son nada de eso. Me imagino que fue por eso por lo que San Pablo no fue a Atenas y Corinto a reclutar niños para que le ayudaran a llevar el Evangelio a las tierras paganas.

Se supone que la educación prepare al niño para llevar la antorcha de la verdad. Es decir, se supone que esté listo para llevarla una vez que su educación esté terminada. No es una estrategia de «tíralos a lo profundo y ve si saben nadar». No saben nadar. Usted y yo apenas sabemos nadar, en el sentido moral y espiritual, y somos adultos. ¿Espera que su hijo sea más maduro que usted en lo espiritual y más corajudo en lo moral?

Ahora bien, yo estoy por completo de acuerdo que en un final, nuestra tarea es ser luz en las tinieblas.  Eso es lo que planteo en el último capítulo de mi libro: [The Unholy Trinity (La Trinidad Impía)].

Todo lo que sé es que Dios nos ha puesto aquí para ser luz en las tinieblas, y por oscuro que se torne, nuestra misión no cambia. Dostoievsky escribió que las estrellas brillaban con más intensidad cuando la noche era más oscura. Así que la buena noticia es que tenemos oportunidad de ser las estrellas más brillantes para Cristo que el mundo haya visto, porque podemos estar viviendo en su noche más oscura.

Pero una llama primero tiene que ser encendida, alimentada y protegida antes que se convierta en el fuego brillante y devorador que debemos ser todos si esperamos sobrevivir en esta cultura. Se supone que la educación de nuestros hijos facilite ese proceso, no que interfiera con el mismo. Nuestros hijos deben ser fuegos para Cristo gracias a su educación, no a pesar de ella. No podemos compartimentar la parte «espiritual» de su crianza, reservarla para las noches y los fines de semana y permitir que la parte del león de su experiencia educacional la domine el humanismo, el hedonismo y el ateísmo. La educación no debe funcionar de esa manera. Y no funciona para nada de esa manera, como hemos visto. O, si funciona, es solamente en los casos en que el niño posee un nivel casi sobrehumano de madurez, inteligencia y coraje moral. Quizá algunos niños sean realmente casi sobrehumanos en ese sentido, pero la mayoría no lo son; el suyo probablemente no lo sea, y usted posiblemente tampoco. Esa es la cruda realidad de la situación, y tenemos que enfrentarnos a ella, Hallo irónico que muchos padres que esperan que sus hijos «se enfrenten a las realidades de la vida» no se hayan enfrentado ellos.