Categorías: Política

La escuela Dunbar 100 años más tarde

Thomas Sowell | 4 de octubre de 2016

(Townhall.com) – Hace cien años, el 2 de octubre de 1916, se inauguró un nuevo edificio para una secundaria pública destinada a los jovencitos negros en Washington, Distrito de Columbia, que fue nombrada en honor al poeta negro Paul Laurence Dunbar. La historia de la escuela es inspiradora en muchos sentidos, y abrumadora en muchos otros.

Antes de 1916 la misma escuela había existido bajo otros nombres, había estado ubicada en otros edificios, y había tenido un notable récord académico.

En 1899, cuando se la llamaba «la escuela de la calle M», se hizo una prueba en cuatro secundarias académicas públicas de Washington, tres de blancos y una de negros. La escuela de negros salió mejor que dos de las escuelas de blancos. Hoy se consideraría utópico ponerse esa meta, mucho más esperar alcanzarla.

La Escuela de la Calle M no tenía dos de los llamados «prerrequisitos» para una educación de calidad. No había «diversidad». Había sido una escuela de negros solamente, desde sus comienzos y en toda su existencia como institución de alta calidad con el nombre de Escuela Secundaria Dunbar.

Pero sus días de institución de alta calidad terminaron abruptamente a mediado de la década de 1950. Después de eso se convirtió en otra escuela más de ghetto fracasada.

El otro de los llamados «prerrequisitos» que no cumplía la Escuela de la Calle M era un edificio adecuado. Su estudiantado era un 50 por ciento más grande que la capacidad del edificio, un hecho que condujo al nuevo edificio de la Escuela Secundaria Dunbar. Pero sus estudiantes sobresalían, incluso en su edifico atestado.

Ciertos estudiantes de la Escuela de la Calle M comenzaron a asistir a algunas de las mejores universidades del país a fines del siglo XIX. El primero de sus graduados que fue a Harvard lo hizo en 1903. En el período entre 1982 y 1954, más de treinta y cuatro de los graduados de la Escuela de la Calle M y de Dunbar fueron a Amherst.

De ellos, el 74 por ciento se graduaron de Amherst y el 28 por ciento de esos graduados fueron Phi Beta Kappas. Otros graduados de la Escuela de la Calle M y de Dunbar se hicieron Phi Betta Kappas en Harvard, Yale, Dartmouth y otras instituciones de élite.

Los graduados de esta misma escuela fueron precursores de los negros en muchos lugares. Ellos incluyeron el primer negro graduado de Annápolis, la primera mujer negra que recibió un grado doctoral de una institución estadounidense, el primer juez federal negro, el primer general negro, el primer miembro del Gabinete negro y, entre otros casos notables, un doctor que obtuvo renombre mundial por su trabajo pionero al desarrollar el uso del plasma sanguíneo.

¿Cómo pudo todo esto tener un final abrupto en los años 1950? Como muchos otros desastres, comenzó con buenas intenciones y asunciones arbitrarias.

Cuando el Juez Principal Earl Warren declaró en el histórico caso de de 1954 Brown contra la Junta de Educación que las escuelas con separación racial eran «inherentemente desiguales», la Secundaria Dunbar era una refutación viva de tal asunción. Y estaba a corta distancia caminando de la Corte Suprema.

Un porcentaje más alto de graduados de Dunbar que de cualquier otra preparatoria blanca de Washington iba a la universidad. Pero ¿qué importan los hechos cuando hay una retórica embriagadora y un celo de cruzados?

No hay duda de que las escuelas racialmente segregadas del Sur proporcionaban una educación inadecuada a los negros. Pero la presunción de que la «integración» racial era la respuesta conllevó a años de polarización racial y disturbios respecto al transporte con muy poca, si acaso, mejoría en la educación.

Para Washington, el fin de la segregación racial condujo a un compromiso político en el cual todas las escuelas se convirtieron en escuelas de barrio. Dunbar, que había estado aceptando estudiantes negros sobresalientes de cualquier parte de la ciudad, ahora podía aceptar solamente estudiantes del áspero ghetto del vecindario en el cual estaba ubicada.

Virtualmente de la noche a la mañana, Dunbar se convirtió en una típica escuela de ghetto. Cuando empezaron a llegar en masa estudiantes sin motivación, indisciplinados y perturbadores, los maestros de Dunbar comenzaron a trasladarse y muchos se jubilaron. Más de 80 años de excelencia académica sencillamente se disiparon en el aire.

Nadie, ni blanco ni negro, mostró ninguna oposición seria. La «integración» era la consigna del momento y ahogó a todo lo demás. Eso es lo que sucede en la política.

Hoy hay un nuevo edificio para la Escuela Secundaria Dunbar, que costó más de $100 millones, pero sus graduados van a las universidades en una proporción que es casi la mitad de lo que era en tiempos más antiguos y más pobres. La política puede proporcionar costosos «favores», incluso cuando no pueda producir una educación de calidad.