Categorías: Temas sociales

Ella se consideraba cristiana y lesbiana. Entonces fue «fulminada por un rayo» con un descubrimiento sorprendente

«En realidad me consideraba una cristiana en ese momento, aunque no tenía ningún deseo de leer la Palabra de Dios, y mucho menos el de acomodar mi vida a Su voluntad».

Por Emily Thomas | 15 de junio de 2016

La muchacha de la foto

(FaithIt.com) – Recientemente vi la foto de la izquierda e hice dos tomas. La muchacha de la foto, con su mirada vacía y corazón sin esperanza, ya no tiene ningún parecido conmigo. Ella estaba muerta en sus delitos y pecados (Ef. 2:1). (Para estar claros, no estoy diciendo que todo el que se parezca a la muchacha de la izquierda esté muerto en pecados, ni que ninguno que se parezca a la muchacha de la derecha lo esté. La realidad espiritual es algo mucho más profundo.)

Siempre fui del tipo de las que les gusta traspasar límites. Ni siquiera de niña tuve realmente un carácter moderado. Probé todas las cosas una vez, y la mayoría dos veces por lo menos, para satisfacer mi curiosidad. Crecí en un pueblo pequeño donde no había mucho que hacer y con frecuencia llamaba la atención. En la secundaria satisfacía mi necesidad de atención yendo todo el tiempo «contra la corriente», pero de una manera que mantuviera mi popularidad. Iba a fiestas, dormía en otras casas y a los 15 me manifesté como lesbiana ante algunos amigos.

Para la época en que fui una joven adulta había abrazado por completo la causa LGBT [homosexualismo]. Me corté el pelo, me ponía ropa de varón, usaba los baños y vestidores de hombres. Disfrutaba la emoción de hacer lo que estaba fuera de la norma: usar drogas fuertes, practicar actos sexuales aún más tabúes y hacerme un par de tatuajes detestables.

A los 22 me había asentado un poquito. Las emociones fuertes, aunque eran algo que me seguía gustando, tenían menos prioridad. Aunque todavía fumaba hierba y tenía sexo con mujeres, mantenía una apariencia exterior de moralidad. Me consideraba una buena persona: tenía un trabajo de tiempo completo, era amable con mis amigos y usualmente balanceaba mi presupuesto. Las relaciones familiares iban mejorando y por fin intentaba llevar una vida relativamente respetable.

Sorprendida por los atributos

En marzo de 2014, un grupo de compañeros de trabajo comenzaron un estudio bíblico y me invitaron a que me uniera. Debido a que mi tía era parte del grupo, accedí a participar. En realidad me consideraba una cristiana en ese momento, aunque no tenía ningún deseo de leer la Palabra de Dios, y mucho menos de acomodar mi vida a Su voluntad. Me dije a mí misma que a la primera mención de mi «estilo de vida» iba a abandonar el estudio, y me sentía bastante segura de que ese momento llegaría.

El libro que estudiamos trataba de los atributos de Dios. Por primera vez me enfrenté a la justicia, santidad y soberanía de Dios. Mientras más leía y comprendía, más grande veía a Dios y más pequeña me sentía. Yo sabía lo que decía la Biblia acerca de la homosexualidad y otras cosas, pero antes no me había preocupado. Tenía muy poca comprensión del Dios contra el cual estaba pecando.

Aquel estudio estaba cambiando lentamente mi perspectiva. Me sorprendí a mí misma cuestionándome, justo antes de quedarme dormida, quién era yo y por qué había tomado aquellas decisiones. Me pregunté: ¿Estoy segura que el comportamiento homosexual es parte de mi identidad al igual que mi género y mi raza? Pero me despertaba y decía: ¡Por supuesto que puedes asumir tu homosexualidad, eso es lo que eres! Sentía casi como que me estaba convenciendo a mí misma de que estaba bien seguir así.

Dos semanas más tarde, una amiga (que también era lesbiana) me esperó en mi apartamento después del trabajo para fumar mariguana y pasarlo como de costumbre. Después que fumamos, le pregunté: «¿Y si ellos tienen razón?» Ella sabía lo que yo estaba haciendo y entendió enseguida lo que yo quería decir, por lo que me dijo: «No deseo hablar de eso». Yo insistí: «Tenemos que hacerlo. Si eso es cierto, necesitamos hablar ahora y no después». Un poco más tarde ella se fue, así que tomé mi libro y leí.

Aquella noche leí un capítulo que describía una «religión de barra de ensalada» en la que uno escoge partes de diferentes religiones, las combina en una y llama a eso su sistema de creencias. El libro dejaba claro que semejante enfoque no era para nada seguir a Jesús; aquello era seguirse a uno mismo y ponerle otro nombre. Me di cuenta de que eso mismo era lo que yo estaba haciendo. Creía las partes de la Biblia que me convenían, pero rechazaba las partes que no me convenían. Su Palabra no era mi guía ni una lumbrera a mi camino; yo meramente pretendía ser cristiana porque había nacido en el Sur y oraba de vez en cuando.

«Y esto erais algunos»

Este descubrimiento fue como si hubiera sido fulminada por un rayo. Busqué versículos que trataban del homosexualismo y hallé 1ª Corintios 6:9–10. Yo había leído esos y otros versículos por el estilo antes. Había argüido contra ellos ante los que se me oponía, pero de pronto ya no pude argüir más. Estaba claro. Yo estaba en el listado de los que «no heredarán el reino de Dios». Estaba perdida, desposeída y en oposición patente a Él. Pero el siguiente versículo decía: «Y esto erais algunos» (1 Co. 6:11). Claramente, el Señor podía salvarme. Había extendido Su mano hacia mí, la peor de las pecadoras (1 Tim. 1:15). Me así a Su mano por fe y me sentí abrumadoramente bien y agradecida. Aunque yo lo había ignorado y había vivido como una tonta, Él me había mostrado misericordia cuando yo no merecía otra cosa sino que me aplicaran la justicia.

Mi vida entera cambió aquel día. Las prácticas homosexuales y el uso de drogas eran mis pecados más obvios, pero había muchos otros que Él me reveló — y sigue revelándome. Todavía lucho contra la atracción hacia mi mismo sexo, el orgullo, la ira y un lodazal de pecados, mas confío que Él llevará a término la obra que ha comenzado (Fil. 1:6). También me ha permitido ser una esposa, y un día, si Dios quiere, seré madre. Hace dos meses — en el segundo aniversario de mi conversión — me casé con el hombre más parecido a Cristo que yo haya conocido. 

El Señor ha sido muy bondadoso conmigo. Le doy gracias por abrir mis ojos y por salvarme de las consecuencias temporales y eternas de mis pecados. Él toma a los peores de los peores y los redime para Su gloria.

¡Aleluya! ¡Qué Salvador!