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Falsa gracia, amar a Dios y odiar al mal

Matt Barber | 22 de febrero de 2016

(Townhall.com) – ¡Qué desastre es nuestro mundo! ¡Qué desastre son los Estados Unidos! ¡Qué desastre es la iglesia!

¿Aún no estás deprimido?

Isaías 5:20 resume, me parece a mí, la condición cultural de una buena parte del mundo, de la mayor parte de los Estados Unidos y de un por ciento alarmantemente alto de los que pertenecen, o al menos dicen pertenecer, al cuerpo de Cristo. «Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!»

Llamar a lo malo bueno. Eso hace un resumen de lo que somos.

Pero, un momento, está la «gracia», ¿verdad? Quiero decir, has visto las calcomanías en los carros «La gracia de Cristo es suficiente» ¿no es cierto?

Bueno, sí y no. La gracia de Cristo es suficiente para darnos Su fortaleza en medio de nuestra patética debilidad y para imputarnos Su justicia perfecta, a pesar de nuestra naturaleza sucia y caída (ver 2 Corintios 12:9). 

Pero, ¿Fortaleza para hacer qué cosa, exactamente? ¿Fortaleza para continuar pecando?

Rayos, no.

Entiende que al decir «rayos, no» no lo estoy diciendo en el sentido de ninguna palabra grosera, de ningún juramento al estilo de Donald Trump. Quiero decir que continuar pecando en un estilo de vida sin arrepentimiento, libre de culpa, y de «lo malo es bueno» conduce a la muerte. Lleva a la muerte física, emocional y espiritual, sea que te llames «cristiano» o no.

Eso conduce al infierno.

« ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados;  y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia» (Romanos 6:16-18).

Así que, para estar «libres del pecado» debemos «obedecer». Dejar de pecar es obedecer. Seguir pecando es desobedecer. Desobedecer lleva a la muerte, nos hace «esclavos del pecado». El obedecer, el dejar de pecar, conduce a la vida. Nos convierte en «siervos de la justicia».

¿Qué quiere decir «ser libertado del pecado»? Bueno, significa, como Cristo nos advirtió, que entre otras cosas, tenemos que «ir y no pecar más» (ver Juan 8:11). El pecado, con las cadenas de esclavitud que le están asociadas, está allá. Nosotros estamos acá. El pecado quedó detrás de nosotros. Nos hemos despojado «del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos», porque pertenece a nuestra forma pasada de vivir, por tanto, estamos «libertados del pecado» (ver Efesios 4:22).

Jesús dijo: «Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Crónicas 7:14).

«Humm» – dirás tú – «No recuerdo que mi pastor haya dicho nunca nada sobre “se convirtieren de sus malos caminos” para que Jesús perdonara mis pecados y sanara nuestra tierra malvada». ¿Qué quiso decir Cristo con “convertirse de sus malos caminos?”».

Bueno, luego de siglos y siglos de un debate minucioso, un debate, fíjate, que se desarrolla incluso hoy en día dentro del cuerpo de Cristo, ha surgido un consenso, de una mayoría sutil, que mantiene la siguiente tesis, bastante discreta y teológicamente sofisticada:

Jesús quiso decir que te apartes de tus malos caminos.

El autor cristiano de éxito Randy Alcorn escribió una vez: «Ningún concepto de la gracia que nos haga sentir cómodos con el pecado tiene que ver con la gracia bíblica. La gracia de Dios nunca nos alienta a vivir en pecado; por el contrario, nos capacita para decirle que no al pecado y a la verdad».

Podemos todos estar de acuerdo en que, cuando nos arrepentimos y le pedimos a ‘El que nos perdone, Jesús nos perdona nuestros pecados pasados. Sin embargo, hay una tendencia engañosa en la Iglesia – y cuando digo «engañosa» quiero decir demoníaca – que sugiere que a nosotros, que estábamos todos cautivos del pecado sin Él,  Cristo no vino a libertarnos del pecado, sino más bien de la culpa del pecado.

Esto, claramente, es estiércol de ganado mayor. Jesús no vino, ni fue torturado hasta la muerte en un madero para que, por medio de Su gracia pudiera eliminar nuestros sentimientos de culpabilidad por nuestros pecados permanentes, habituales y sin arrepentimiento.

Jesús vino a destruir el pecado.

«¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?  En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? » (Romanos 6:1-2).

Es un error horrible decir que, como somos cristianos, no se supone que debamos «sentirnos culpables» cuando pecamos. Cuando pecas, te sientes culpable porque eres culpable. Sentirse culpable, que también se conoce como «ser convicto» de pecado, es un síntoma doloroso de un alma moribunda. La gracia de Cristo no es una especie de narcótico espiritual destinado a adormecer el dolor de la culpa. La culpa es una señal de alarma; el pecado es el cáncer y la gracia de Cristo es la cura.

Hay una especie de «gracia» falsa, engañosa y mortífera por ahí, que prevalece en la Iglesia cristiana. Es una gracia que le dice al pecado y no a la verdad: que llama a lo malo bueno y a lo bueno, malo. Un tipo de gracia libre de culpabilidad, orgullosa, que afirma a los homosexuales, que chismea, que es perezosa, “pro-elección» [a favor del aborto], que los niños son niños, siempre use protección [condón], de «Dios perdonará mi aborto»; un tipo de gracia más simpática que Jesús, que está llevando a millones de personas que creen honestamente que son cristianos salvos, nacidos de nuevo, directamente a las llamas de la condenación eterna.

¿Demasiado «fuego y azufre» para ti, mi amigo? Bueno, lo siento. Me preocupa tu alma. Me preocupa tu eternidad, incluso si no le preocupa a tu falso maestro, tu pastor, sacerdote u obispo que también va rumbo al infierno.

No me interpretes mal: no soy un santurrón. Todo lo contrario: con mis fuerzas, y en mi carne, no tengo un solo hueso justo en todo mi cuerpo. Soy el peor pecador de todos.

Así y todo, mediante el sorprendente y perfecto poder del Espíritu Santo, soy capaz de llamar al pecado pecado, a lo malo malo y a lo bueno, bueno. Soy capaz de reconocer el pecado en mi propia vida, al pecado en la vida de nuestra nación que una vez fue grande, y al pecado en la vida de la Iglesia. Puedo entonces arrepentirme y con el Espíritu Santo y a través de Él «ir y no pecar más».

Eso es todo. Eso es lo que Dios exige. Esa es la verdadera gracia.

Y esa clase de gracia es suficiente.

Quizá hayas escuchado el antiguo adagio: «Ama al pecador, odia al pecado». Algunos se quejan de que no se encuentra en ninguna parte de la Biblia.

Es verdad; al menos no palabra por palabra. De todas formas, esa verdad trascendental, ese concepto general, se halla por todas las Sagradas Escrituras. Literalmente se nos ordena odiar al mal.

«Buscad lo bueno, y no lo malo, para que viváis; porque así Jehová Dios de los ejércitos estará con vosotros, como decís. Aborreced el mal, y amad el bien… » (Amós 5:14-15).

Así que ahí lo tienen. Eso es la gracia. Amen a Jesús. Amen a los demás. Odien al mal. Arrepiéntanse, «váyanse y no pequen más». 

Ahora, adelante, váyanse.

Y que Cristo les acompañe.