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Lo que no comprenden los dirigentes republicanos sobre los independientes

Bryan Fischer | 29 de diciembre de 2014

La clase dirigente republicana, que se niega a postular para presidente a un verdadero conservador, parece que no entiende que hay dos grupos de electores independientes. Para empeorar las cosas, los principales mandamases del partido están haciendo la apuesta equivocada.

Los asesores de campaña hacen su agosto asesorando a los candidatos para ganar el bloque de votantes independientes, que al parecer son el 20 por ciento del electorado que está en el centro del espectro entre la izquierda y la derecha.

Lo que dice la teoría es que el candidato republicano tiene ganado el 40 por ciento del electorado a la derecha del centro, y que el candidato demócrata tiene al 40 por ciento de los electores a la izquierda del centro ganados, y que el asunto se decidirá por los que están en el indeciso medio. 

Hay una falla letal para el Partido Republicano en este esquema, y es que NO TODOS LOS INDEPENDIENTES ESTÁN EN EL CENTRO. Una cantidad creciente de conservadores han abandonado al partido Republicano, no porque sea demasiado conservador, sino porque no es lo suficientemente conservador.

Son independientes porque están a la DERECHA de la clase dirigente republicana. Y hay mucho espacio ahí, pues la clase dirigente republicana está, esencialmente, en el borde del medio indeciso, para empezar. Los dirigentes republicanos pintan con colores pastel, y ya eso no sirve para demasiados conservadores.

Así que muchos conservadores genuinos han declarado su independencia del Partido Republicano porque ya éste no habla por ellos. Estos son los independientes por los que el PR debería preocuparse, y no por los que están en el centro neutro. Hay dos grupos de votantes independientes, y el Partido Republicano está apuntando al equivocado. 

La campaña de Mitt Romney debió haber sido un despertar para la clase dirigente del Partido Republicano, pues ganó los votos independientes que se iban de las manos, pero perdió en las encuestas. ¿Por qué perdió de manera tan decisiva? Porque cuatro millones de conservadores independientes se quedaron en casa. Mitt Romney sencillamente no hablaba por ellos ni a ellos. No tenían a nadie por quién votar, así que no votaron.

Digamos que vamos a usar una tosca pesa de por cientos, sólo como hipótesis. Las encuestas indican consistentemente que alrededor del 40 por ciento del electorado se identifica como conservadores (no como republicanos, tenga esto en cuenta) y alrededor del 20 por ciento del electorado se identifica como liberales.

Así que, en una escala de 1 a 100, los autodenominados liberales están apenas en el rango de 1 a 20. (Ahora Hillary Clinton y Elizabeth Warren están ambas en el 10 de esa escala política, lo que significa que el 90 por ciento del electorado está su derecha. Un candidato del PR que no pueda obtener los votos suficientes de esos electores para ganar una elección, no merece ser nominado, para empezar).

Si los autodenominados conservadores representan el 40 por ciento del electorado, y los liberales apenas un 20 por ciento, una aritmética simple indica que un candidato genuinamente conservador tiene una ventaja considerable: sólo tiene que llegar de 40 a 50, mientras que su oponente liberal tiene que buscar una manera para ir de 20 a 50.

Entonces, ¿por qué el Partido Republicano no arrasa en cada elección? Es sencillo: NO POSTULAN A CONSERVADORES. Postulan a moderados ineptos que, para empezar, no parecen tener ninguna convicción conservadora medular.

El problema del Partido Republicano es que una cantidad creciente de esos autodenominados conservadores ya no se identifican con el Partido Republicano. Ya éste no habla por ellos. Les gusta la plataforma del partido, pero el PR sigue dándoles candidatos que no parecen creer nada de lo que dice en ella.

En una escala del 1 al 100, siendo el 100 un conservador que gusta pintar con colores fuertes, coloquemos a los demócratas en el rango de 1 a 20. Como los liberales siguen ganando elecciones, imaginemos que los que no se identifican como liberales pero tienden a votar de esa manera están en el rango de 21 a 40.

Los independientes moderados están en el rango de 40 a 60. Los Mitt Romneys y los John McCains están justo en el 60, a la derecha de la marca de 50, pero apenas.

Entre el 40 por ciento que se dicen conservadores, coloquemos a los conservadores moderados en el rango de 60 a 70, y a los conservadores completos –pro-vida, pro-matrimonio natural, menor gobierno, menos regulaciones, menos impuestos– en el rango de 70 a 100. El problema del Partido Republicano es que muchos de ellos –digamos que virtualmente todos los que están en el rango  de 80 a 100– son, de hecho o en la práctica, independientes políticos. Su lealtad es a los principios, no al partido.

Ahora los consultores quieren que usted crea que la batalla la determinará lo que decidan los que están en el rango de 40 a 60.

Pero eso ignora por completo a todos los del rango de 80 a 100, aquellos cuyas convicciones son sólida e irremediablemente conservadoras. Quizás los electores del rango de 60-80 voten de forma automática o incluso felices por el menor de dos males, pero los del rango de 80-100 no lo harán.

Esos electores –la base conservadora, la verdadera base del PR– ya están hartos de la filosofía inocua y cobarde que los señores pomposos del partido están tratando de vender como conservadurismo. 

No votarán, por el resto de sus días, por otro Mitt Romney o John McCain. John McCain ha aconsejado a Jeb Bush que la clave para ganar la nominación del Partido Republicano es postularse contra la base conservadora, y Bush ha aceptado de buena gana su consejo.

Pero el objetivo no es ganar la nominación, sino ganar la presidencia. Los electores del rango de 80-100 –y un candidato del PR no puede ganar sin ellos– se quedarán en casa o votarán por un independiente o candidato de un tercer partido antes que votar por un Jeb Bush que promueve el Common Core y la amnistía. 

Esos electores  –un bloque tan grande como los preciados independientes moderados y  mucho más estratégico– son altivamente despreciados por los consultores y asesores del PR. Se les da por sentados, con la presunción de que votarán por el Partido Republicano debido a que no tienen otro lugar adonde ir.

Bueno, pues sí tienen otro lugar adonde ir, y es a su casa, a sentarse en un sillón la noche de las elecciones. Y ahí es adonde fueron cuatro millones de ellos en 2012.

He aquí el problema fatal para los Jeb Bushes y los Chris Christies y los John McCains y los Karl Roves: mientras más se incline al centro un candidato republicano, MÁS SE ALEJARÁ DE LA BASE CONSERVADORA.

Mientras más moderado se vuelve un candidato republicano –en un esfuerzo por alcanzar al centro, carente de convicciones– pone más distancia entre sí mismo y la base, hasta que pierde el contacto con ellos del todo y ellos pierden todo interés en él.

Ahora bien, nada de esto significa que un candidato del PR debe abandonar a los independientes moderados. No necesita hacerles concesiones para ganarse sus votos; puede ganar al centro al mostrarles la superioridad de las ideas conservadoras frente a las liberales. El conservadurismo es mejor para todo el mundo, de la misma manera que el papel de un candidato es educar al electorado y ayudar a los moderados de mente abierta a ver eso. Por eso es que se le llama una campaña.

Conclusión: la clave para las elecciones de 2016 es en realidad el voto independiente. Pero no es el voto independiente que cree el Partido Republicano.

He aquí una idea: dejemos que se postule un conservador genuino esta vez, y que los dirigentes republicanos se tapen la nariz y voten por nuestro hombre como un cambio.

Bryan Fischer es director de análisis de temas para la Asociación Americana de la Familia.