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El representante Mick Mulvaney da excusas tontas de por qué él y otros más votaron por Boehner

Gary DeMar | 8 de enero de 2015

Cierto número de congresistas republicanos recién electos votaron por John Boehner para presidente de la Cámara, después de hacer una campaña oponiéndose al liderazgo del partido Republicano.

Mick Mulvaney, congresista federal por el 5º Distrito de Carolina del Sur, está dando explicaciones de por qué él y otros votaron por Boehner.

Comienza por decir que «las personas mienten respecto a cómo van a votar. Y uno no puede entrar en este tipo de batallas  con gente en quien no confía». Las personas mienten, incluyendo los congresistas que juraron una y otra vez que se iban a oponer a Boehner y al establecimiento republicano si resultaban electos. 

Entonces ¿por qué deberían los que votaron por usted ir a la batalla con usted, si no hizo lo que dijo que iba a hacer? 

Responda por usted y deje de ocultarse detrás de lo que la gente hace o deja de hacer. Nadie lo va a matar por ser el único que vote en contra.

Veinticinco republicanos votaron contra Boehner. Usted hubiera sido el voto número 26. Unos pocos más votos y Boehner hubiera sido derrotado en la primera vuelta. Incluso aunque nadie hubiera obtenido los votos necesarios para lograr el puesto de Presidente, al menos eso le hubiera mostrado a los que lo eligieron a usted al cargo que usted lo había intentado, que había cumplido su palabra. Eso era todo lo que le podían pedir. 

La elección falló por 11 votos, pero si tomamos el voto suyo y los de los que dieron las mismas excusas que usted está dando, Boehner hubiera sido derrotado.

Por ejemplo, hay 9 congresistas republicanos por Georgia. Saque la cuenta: 9 más su voto, 1, más Mia Love son 11. Boehner es derrotado.

Usted escribe que  «Jim Jordan, Raúl Labrador, Trey Gowdy, Mark Sanford, Trent Franks, Tom McClintock, Matt Salmon, Tom Price, Sam Johnson, y Jeb Hensarling»  votaron igual que usted. ¿Por qué todos ustedes no votaron junto con los 25 que no votaron por Boehner? 

«También he aprendido que el Plenario de la Cámara no es ell lugar apropiado para sostener este tipo de batallas» escribe Mulvaney. «La dura realidad es que tuvimos una elección para Presidente en noviembre –entre republicanos nada más». Eso sólo indica una falta de disposición a cumplir las promesas de la campaña que es anterior a lo que pensábamos. Pero vamos a la realidad: lo que motivó a los votantes a elegir a esta nueva generación de republicanos fue el voto sobre el proyecto de ley CRomnibus, de $1.1 billones. Boehner y el liderazgo no han cambiado. Ignoraron los resultados de las elecciones.

Boehner hizo promesas en noviembre a los recién electos congresistas y las incumplió poco después. Es por eso que se produce el cambio de opinión de los 25 congresistas que no lo apoyaron.

Mulvaney  continúa diciendo que no había un candidato opositor creíble que se opusiera a Boehner. ¡Vaya! Estamos en aprietos si ese es el caso, si ni una sola persona puede obtener los votos suficientes para impedir que Boehner gane una primera vuelta.

«Lo cierto es» -continúa Mulvaney- «que no había ningún conservador que pudiera derrotar a John Boehner. Y punto. La gente puede ignorar eso, o querer que sea de otra manera, pero esa es la realidad». Esa puede ser la realidad, pero pasa por alto el punto de qué es lo que quieren los electores. Quieren que ustedes peleen. No nos importa si pierden en una pelea honesta. Conocemos las realidades políticas, pero lo que detestamos es que ustedes se rindan antes de la pelea.

«Yo estoy completamente a favor de la lucha» -escribe Mulvaney- «pero estoy más interesado en luchar y ganar que lo que estoy interesado en luchar en batallas que no podemos ganar».

¿Pueden ustedes imaginarse dónde estaríamos nosotros como país si nos hubiéramos rendido ante lo que realmente eran circunstancias imposibles, una batalla al parecer «imposible de ganar»? ¿Quién hubiera podido imaginar que la Guerra de Independencia de los Estados Unidos iba a tomar el giro que tomó? Todos los expertos políticos de la época la consideraban una  causa sin esperanza, una «batalla que no se podía ganar». En papel, la derrota parecía inevitable.

Lo mismo puede decirse de la Segunda Guerra Mundial. El bombardeo de Pearl Harbor. La falta de preparación de las fuerzas armadas. Estar a la zaga de los alemanes en cualquier parte de la guerra.

Si nuestros fundadores hubieran compartido el razonamiento de Mulvaney, estaríamos diciendo «Dios salve a la Reina». Si la capitulación ante las circunstancias imposibles hubiera sido lo racional, entonces lo más probable es que estaríamos hablando alemán hoy en día.

Pero votar contra Boehner no hubiera traído un derramamiento de sangre, sino que hubiera mostrado a los conservadores que había gente hoy en Washington dispuesta a pelear. Por favor, díganos, representante Mulvaney, ¿cuándo empezará a participar en la batalla por el alma de los Estados Unidos?