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Los EE.UU. deberían imitar las leyes de inmigración de los países de América Central y del Sur

Common Constitutionalist | 10 de julio de 2014

El presidente Obama ha solicitado casi cuatro mil millones de dólares para hacer frente a nuestra «Obligación Moral» en la frontera. Como dijo el senador Tom Coburn: «Eso es $60,000 por niño». Eric Erickson escribió que podríamos enviarlos a todos de regreso, con boletos de primera clase y alojamiento, por alrededor de $8 millones.

Pero en vez de eso, esta Administración fuera de control, que ha desarrollado el hábito de implementar solamente las leyes que le gustan, continuará permitiendo que un diluvio de ilegales cruce nuestra frontera, mientras los republicanos incompetentes amenazan con demandar al presidente, como si eso lograra algo bueno, o siquiera impidiera de alguna forma a Obama llevar a cabo su estrategia de Cloward-Piven con el propósito de abrumar el sistema.

Durante años hemos oído de boca de innumerables políticos de la izquierda que podemos aprender una o dos cosas de los demás países; que los Estados Unidos no sólo deberían respetar, sino ceder ante las leyes de otros países.

Yo digo que esa no es una mala idea. Empecemos por la inmigración. 

¿Debemos ver cómo otros países tratan a aquellos que desean cruzar sus fronteras? ¿Qué les parecen los países de donde es oriunda esa marejada que arriba a nuestra frontera?

¿Qué pasaría si yo me presento en la frontera guatemalteca?

Primeramente, necesitaría un pasaporte, pero sólo si deseo permanecer por no más de 90 días. De otra forma necesitaría una visa. Los certificados de nacimiento y licencias de conducir no se aceptan como sustitutos.

Muy bien, ¿y qué pasa si deseo quedarme? Entonces solicitaría una visa, junto con mi pasaporte válido, dos fotos recientes, una carta de patrocinio de un residente en Guatemala y una prueba de los recursos financieros míos y de mi patrocinador.

¿Qué? ¿Quiere decir que desean que pruebe que me puedo mantener? ¿Dónde está la compasión? ¿No tienen una «obligación moral» de ocuparse de mí? Evidentemente, no. 

¿Y qué me dicen de Honduras? Estoy seguro de que serán más compasivos y transigentes.

Lo primero que debo obtener es una visa de turista. Después que llegue podré solicitar la inmigración. Tendré que contratar un abogado.

Seguramente que el gobierno me proveerá alguno sin costo para mí. Pues no, de eso nada.

El abogado reunirá mi paquete de documentos y lo presentará a nombre mío a las autoridades hondureñas. Yo tendré que proveer antecedentes penales de todos los lugares donde haya vivido y un certificado de salud positivo. También necesitaré suministrar pruebas de que tengo un ingreso regular de no menos de $2,500 al mes y que dicho ingreso continuará durante todo el tiempo que vaya a estar en Honduras.

Ese es un país bastante desalmado.

Seguro que El Salvador necesita gente. He oído muchos comentarios de que esos pobres inmigrantes se aparecen en los Estados Unidos huyendo de su guerra civil... ¡que terminó en 1992!

Quizás no se hayan enterado, igual que sucedió con unos japoneses que se quedaron en islas remotas después de la Segunda Guerra Mundial, que creían que la guerra continuaba.

De todas formas, siento tristeza al decir que El Salvador también quiere que yo pase por los aros y suministre pruebas de que no voy a ser una carga para la sociedad.

Lo mismo ocurre con Nicaragua. México es igual o peor.

En pocas palabras: no hay un solo país de América Central o del Sur, y me apuesto que en ninguna otra parte del mundo, que permita que una sola persona, y mucho menos miles de ellas, sencillamente se aparezca y diga: « Aquí estoy, ahora háganse cargo de mí y paguen por todas mis necesidades y deseos.» 

Common Constitutionalist es un contribuyente a godfatherpolitics.com.