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La Biblia y la inmigración

Recopilado por Ramón Arias | 22 de agosto de 2013

Al tratar los asuntos de la inmigración, uno debe tener en mente los aspectos vitales de nuestra historia:

  1. Los Estados Unidos de América fueron establecidos originalmente como una nación cristiana.
  2. Los Estados Unidos de América se hicieron una nación bajo la jurisdicción de Dios, lo que significó estar en obediencia a Su Revelación y Ley.
  3. Los Estados Unidos de América ya no son una nación cristiana y están bajo el juicio de Dios.
  4. Los cristianos de los Estados Unidos de América son los únicos que pueden revertir el actual desplome moral.

También debemos tener en mente que la única agenda que realmente importa es la de Dios, no la del hombre. No se trata de la visión nuestra del mundo, sino de la de Dios, como Jesús claramente dijo: «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mateo 6:10). 

Además debemos tener en mente que todo cristiano verdadero es un ciudadano del cielo, como lo fue Jesús mientras pasaba por su experiencia humana aquí en la Tierra. «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos» (Filipenses 3:20a).  

LA BIBLIA TIENE MUCHO QUE DECIR DE LOS EMIGRANTES, INMIGRANTES, EXTRANJEROS, PEREGRINOS, REFUGIADOS, LOS QUE BUSCAN ASILO Y HOSPITALIDAD 

La historia de la raza humana es una historia de migración continua.

Después de la Caída, Adán y Eva fueron exiliados (Gn. 3:22-24).  Por primera vez leemos de la preocupación de Dios por los peregrinos en el mundo, y desde este momento en adelante sigue su preocupación en toda la Biblia.

Caín mata a su hermano Abel (Gn. 4:8-16). Su castigo fue vagar por la tierra.  

La población de la Tierra comenzó a aumentar, hasta que se corrompió y se llenó de violencia. En ese momento, Noé y su familia son escogidos para preservar la raza humana. Dios le da instrucciones para construir el arca y después procede a llenarla con dos de cada especie de criaturas vivientes (Gn. 6:5- 8:22). Noé y su familia se convierten en migrantes sin destino conocido. Dios les manda a esos peregrinos «Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra»  (Gn. 9:1b).

Después del diluvio sólo había una nación, que consistía de Noé, sus tres hijos: Sem, Cam y Jafet, y sus familias. Génesis 10 revela cómo los hijos de Noé se dispersaron en muchas naciones y tenían libertad de movimientos. Es evidente que Dios no les mandó a establecer fronteras geográficas. Los hombres crean las fronteras.

Toda la Tierra hablaba una sola lengua mientras la familia de Noé continuaba emigrando. Después de la experiencia de Babel (Gn. 11) fueron tan diferentes que se reubicaron, y cada familia tuvo su propio territorio, su propia lengua y su propia cultura.  Había 70 familias distintas, y cada una vivía aparte. La historia de la emigración continúa.

¿Está Dios en el asunto de la emigración y la inmigración?  

Más tarde Dios le habla a Abram y le dice: «Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré» (Gn. 12:1). Abram, su esposa Sarai, Lot, el sobrino de Abram y sus siervos se conviertes en emigrantes y van a una tierra en la que nunca antes habían estado. 

Toda guerra tiene sus historias de refugiados, emigración y asilo (Génesis 14). En las guerras modernas las víctimas son civiles, la mayoría de ellos mujeres y niños.

Dios le dice a Abram que sus descendientes sería extranjeros y le explica el período de tiempo en que estarían en servidumbre, así como Su juicio sobre esa nación: «Entonces Jehová dijo a Abram; Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza» (Gn. 15:13-14). 

¿Es un mandato bíblico ocuparse del forastero, porque uno nunca sabe si el forastero puede ser un ángel de Dios? En Génesis 18:1-8 leemos la historia de tres forasteros cerca del encinar de Mamre y de la hospitalidad de Abram para con ellos. Les ofrece lo mejor de lo que tiene. 

Agar, la esclava egipcia, la extranjera, le da a Abraham un hijo, Ismael. Al final son exiliados al desierto y Dios promete hacer de Ismael una gran nación, la misma promesa que le dio a Isaac (Gn. 21). Sabemos cómo esta historia se desarrolla en nuestro tiempo.

El concepto bíblico de la hospitalidad se basa en ofrecer alimento, agua y refugio al forastero, al peregrino, el extraño, el emigrante y el extranjero (Deuteronomio 16:10-12). Agasajar a parientes o amigos no es la misma clase de hospitalidad. 

Sodoma y Gomorra

El pueblo de Sodoma y Gomorra tenía el país más hermoso y rico del mundo. No querían compartirlo con nadie. Detestaban a los viajeros y les hacían la vida insoportable. Era su práctica negarle los alimentos, el agua y el abrigo a cualquiera que osara invadir su territorio. Si alguno era lo suficientemente arrojado como para llegar, estaba sujeto a la tortura, incluyendo la violación homosexual en masa. Sólo a las personas muy prominentes y ricas como Lot, el sobrino de Abraham, se les permitía asentarse en Sodoma y Gomorra. La historia de Sodoma y Gomorra nos arroja luz sobre la hospitalidad para con los extranjeros. Sabemos que la maldad, la inmoralidad y toda clase de perversiones de los habitantes fueron las razones por las que Dios los juzgó. No obstante, Lot les da la bienvenida a los ángeles (Génesis 19:1-9), pero la gente del pueblo se niega a extenderles la alfombra de bienvenida. Su falta de hospitalidad con los forasteros les trae la destrucción. «He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso» (Ezequiel 16:49).

Por causa del hambre, Isaac tuvo que emigrar y establecerse en la tierra de Gerar como un extranjero (Gn. 26:2). Jacob  tuvo que emigrar a otra tierra para conseguir una esposa. Más tarde es obligado a huir a causa de la violencia de sus hijos. Dios lo dirige hacia Betel. Finalmente vemos que Jacob se establece en «la tierra donde había morado su padre, en la tierra de Canaán» (Gn. 37:1).

José fue vendido como esclavo y transportado a Egipto, y allí llega al poder. Cuando el hambre golpea una buena parte del mundo conocido, los hermanos de José van a Egipto en busca de granos. Después el padre y los hermanos de José, con sus familias, ganados y todas sus posesiones abandonan Canaán y emigran a Gosén, donde hay alimentos (Gn. 37-47).

El libro del Éxodo comienza con una historia de persecución de niños pequeños y prosigue con la revelación del sufrimiento de los hebreos. El niño Moisés crece presenciando el trato opresivo que dan los egipcios a los hebreos. Mata a un egipcio en un esfuerzo por defender a un hebreo y se convierte en un extranjero delincuente que huye a una tierra extraña para salvar su vida. Lo acogen y recibe santuario en Madián.

En Madián, Moisés se casa con Séfora y al final es llamado por Dios a regresar a Egipto, porque, en las palabras del Señor: «El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel». Moisés se pregunta cómo él va a hacer eso, y Dios le responde: «Ve, porque yo estaré contigo» (Éxodo 3:1- 12).

Moisés regresa a Egipto y facilita el éxodo hebreo mediante una serie de plagas y de diálogos con el Faraón. Cuando a su pueblo le permite finalmente salir, lo hace como la mayoría de los refugiados: sin tiempo suficiente para empacar, pero con Dios que los guía.

¿Está Dios de parte de todos los emigrantes del mundo, o sólo de su pueblo escogido? 

En Éxodo 13:17-18, 21-22 leemos: «Y luego que Faraón dejó ir al pueblo, Dios no los llevó por el camino de la tierra de los filisteos... Mas hizo Dios que el pueblo rodease por el camino del desierto del Mar Rojo... El Señor iba delante de ellos de día en una columna de nube... y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche. Nunca se apartó de delante del pueblo la columna de nube de día, ni de noche la columna de fuego». Vemos claramente que Dios protegió a los israelitas. Y es importante recordar que este esquema de emigración también incluía el cuidado de los refugiados. Dios proveyó maná y agua y todo lo que ellos necesitaban para sobrevivir. 

Un pensamiento que nos hace meditar 

Los hebreos llegan a Canaán y se disponen a entrar en la Tierra Prometida, Es importante darse cuenta de que el gozo de los hebreos al entrar en la Tierra Prometida fue como resultado de que los cananeos fueron despojados de sus tierras y se convirtieron en refugiados y en personas internamente desplazadas. El gozo de los hebreos fue la destrucción de los cananeos. No puede haber vencedores sin que haya víctimas.

La Biblia contiene además consejos de cómo el pueblo debía actuar una vez que estuviera en la Tierra Prometida, y una de las primeras instrucciones se halla en Deuteronomio 10:17-19: « Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho;  que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto». 

Deuteronomio contiene numerosas declaraciones de cómo el pueblo de Dios debe cuidar de los que son extranjeros en la tierra. 14:29: «Así los levitas que no tienen patrimonio alguno, y los extranjeros, los huérfanos y las viudas que viven en tus ciudades podrán comer y quedar satisfechos. Entonces el Señor tu Dios bendecirá todo el trabajo de tus manos».

¿La bendición de Dios depende también de cómo tratemos al forastero? 

Deuteronomio 23:7: «No aborrecerás al edomita, pues es tu hermano. Tampoco aborrecerás al egipcio, porque viviste en su país como extranjero». 

Deuteronomio 24:17: «No le niegues sus derechos al extranjero ni al huérfano, ni tomes en prenda el manto de la viuda».

Deuteronomio 24:19: «Cuando recojas la cosecha de tu campo y olvides una gavilla, no vuelvas por ella. Déjala para el extranjero, el huérfano y la viuda. Así el Señor tu Dios bendecirá todo el trabajo de tus manos».

Todo Deuteronomio 26 es importante, pues muestra la relación entre el ancestro de cada persona y la responsabilidad que tiene el pueblo de Dios de ocuparse del forastero. Un ejemplo es Dt. 26:5b, que dice: «Mi padre fue un arameo errante, y descendió a Egipto con poca gente. Vivió allí...». Se nos recuerda que todos somos descendientes de inmigrantes en la tierra. Y ese mismo capítulo, en 26:10-11, continúa diciendo que pondrás la canasta con tus primicias delante del Señor tu Dios. «Y los levitas y los extranjeros celebrarán contigo todo lo bueno que el Señor tu Dios te ha dado a ti y a tu familia». El capítulo continúa expresando la importancia que tiene ocuparse de los demás y en 26:12, durante el tercer año, que es el año del diezmo, éste debe ser dado «al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, para que coman y se sacien en tus ciudades».  La porción sagrada es dada a esos grupos por orden de Dios.

En el Nuevo Testamento tenemos el mandamiento de ocuparnos de las personas que están más necesitadas. De hecho, el cuidado del extranjero es tan importante, que Dt. 27:19 dice: «“Maldito sea quien viole los derechos del extranjero, del huérfano o de la viuda”. Y todo el pueblo dirá: “¡Amén!”».

La Biblia y el trato a los refugiados 

Junto con Deuteronomio y Levítico, que en la Biblia hebrea dan una guía para el trato a los refugiados, encontramos consejos en los Salmos. Es importante notar que los refugiados con frecuencia se referían a los Salmos que leían y se recitaban mientras huían y buscaban un refugio seguro. Uno que es usado muy a menudo es el Salmo 91, que comienza así: «El que habita al abrigo del Altísimo se acoge a la sombra del Todopoderoso. Yo le digo al Señor: “Tú eres mi refugio, mi fortaleza, el Dios en quien confío”. Sólo él puede librarte de las trampas del cazador y de mortíferas plagas, pues te cubrirá con sus plumas, y bajo sus alas hallarás refugio». 

Los Salmos describen también la experiencia del refugiado. Esto se ve mejor en el Salmo 137: «Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión. En los álamos que había en la ciudad colgábamos nuestras arpas. Allí, los que nos tenían cautivos nos pedían que entonáramos canciones; nuestros opresores nos pedían estar alegres; nos decían: “¡Cántennos un cántico de Sión!” ¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?».

A lo largo de toda la Biblia hebrea leemos la historia del exilio de los israelitas. Eso se puede seguir en los libros de los Reyes, Crónicas, Ester, Jeremías, Isaías, Ezequiel y Amós. Es Amós (en Amós 5:24) el que clama por que el derecho fluya como las guas, y la justicia como un arroyo inagotable. En el sistema de Dios todas las personas son hermanas, tienen igual porción y son bienvenidas. El extranjero es bienvenido y cuidado.

Literalmente, cada uno está mudándose y la mayoría irá al exilio. Esto incluye a los profetas, a los sacerdotes y al pueblo. El exilio no tiene misericordia, sin embargo hay personas que no fueron al exilio ni lo irán. 2º Reyes 24:14 explica: «Además, deportó a todo Jerusalén: a los generales y a los mejores soldados, a los artesanos y a los herreros, un total de diez mil personas. No quedó en el país más que la gente pobre».

La historia de la emigración es fundamental para el ancestro bíblico 

En el libro de Ruth, el centro es una familia. Comienza con Elimelec, su esposa Noemí y sus dos hijos, que toman esposas moabitas, tiene que abandonar Judá y se van para Moab a causa de una hambruna. Finalmente todos los hombres mueren y las mujeres se quedan solas. Noemí es una extranjera, en una tierra extraña, que se entera que ya no hay hambre en Judá, por lo tanto hace uso de su derecho a regresar. Sin embargo, no se marcha sola. Ruth, su nuera moabita, dice en Rut 1:16: «No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios». El resto de la historia es la de Booz, que cumplió fielmente el mandamiento de Dios de ofrecer hospitalidad al extranjero. Le permite a ella recoger espigas, la protege y más tarde se casa con ella, lleva a la peregrina a su tienda y la hace parte de la familia.

Job también sabía la importancia de ocuparse del extranjero. En Job 31:32 dice: «El forastero no pasaba fuera la noche; mis puertas abría al caminante».

La amonestación de Dios por medio del profeta Malaquías, que repite las palabras del Señor Todopoderoso: «De modo que me acercaré a ustedes para juicio. Estaré presto a testificar contra los hechiceros, los adúlteros y los perjuros, contra los que explotan a sus asalariados; contra los que oprimen a las viudas y a los huérfanos, y niegan el derecho del extranjero, sin mostrarme ningún temor —dice el Señor Todopoderoso» (Malaquías 3:5).

 El Nuevo Testamento y la emigración 

Jesús  fue en verdad un extranjero. Vino del cielo (más allá de la última galaxia, aunque nos dijo que su Reino estaba dentro de nosotros), asumió la forma de un ser humano y fue para nosotros el Refugiado Cristo. Desde la perspectiva humana todos los cristianos deben su salvación a un forastero y refugiado.

Sabemos que Jesús, María y José se establecieron durante dos años en Belén, hasta la aparición de los Magos. Después que éstos se fueron, un ángel se le apareció a José en un sueño y le dijo: «Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.  Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo» (Mt. 2:13-15).

Aquellas personas blancas: Jesús, María y José, se convirtieron en buscadores de asilo entre las personas de piel oscura de Egipto. Sin documentos de viaje cruzaron la frontera en busca de seguridad y santuario. Alguien los acoge. Alguien los recibe y los protege.

Allá en Belén, Herodes está matando a todos los niños de Belén y sus alrededores que tuvieran dos años o menos. Jesús y su familia huyeron de la persecución política. Este es uno de los motivos actuales para conceder el asilo y el status de refugiado. Después de la muerte de Herodes, la familia puede regresar. 

Jesús estuvo muy activo en el apoyo a los más necesitados. Él vio fácilmente las penurias de los jornaleros y se compadeció de su deseo de ganarse la vida. Muy importante es Mateo 20:1-16, en que dice que el reino de los cielos es semejante a un dueño de tierras que contrata obreros para su viña. Contrata gente durante todo el día y al final les paga a todos por igual, resumiendo que con lo que él hace, muchos postreros serán primeros; y primeros, postreros. Jesús comprendía el drama de los obreros y el mandato de la Biblia hebrea de tratar bien a los obreros.

Su argumento más convincente para cuidar del forastero se puede hallar en Mt. 25:35-41, en donde concede la herencia del reino a los que se ocuparon de Él, diciendo: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí... De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».

La vida de Jesús fue una vida de servicio a los demás, independientemente de su origen nacional.

El Nuevo Testamento llama a valorar a toda persona al recalcar la hospitalidad bíblica. Hebreos 13:2 nos insta: «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles». El mandamiento era, es y sigue siendo claro. A medida que leemos el Nuevo Testamento vemos a la gente moviéndose con libertad, sin fronteras, y vemos  una nueva vida, porque las vidas son cambiadas por el contacto con Cristo o sus discípulos. Pablo recalca esta enseñanza en Romanos 12:13 al decir: «Hagan suyas las necesidades del pueblo santo; reciban bien a quienes los visitan».

El último mensaje de Jesús a Sus discípulos fue uno de emigración/inmigración. Es una declaración que no sólo llama a la emigración, sino que insiste en ella. Mateo 28:18-20 es la Gran Comisión, en la que Jesús dice: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

Después de la ascensión de Jesús al cielo, Sus seguidores se convirtieron en mensajeros migrantes y llevaron Sus enseñanzas por todo el mundo. Viajan como inmigrantes, como refugiados, como emigrantes. Son puestos en prisión, son perseguidos, y son exiliados. (La persecución religiosa todavía es causa de asilo.) El Nuevo Testamento concluye cuando Juan escribe el Libro del Apocalipsis en el exilio, en la isla de Patmos. La historia bíblica, que comenzó con una emigración y el exilio, parece obvio que Dios acompaña a todos y cada uno de los emigrantes es su jornada de esperanza, fe y libertad. 

LO QUE SIGUE ES ALGO PARA UN ESTUDIO MÁS A FONDO

Otro ángulo: Lo que dice la Biblia sobre nacionalidad y ciudadanía 

Después del Gran Diluvio había sólo una nación en el mundo entero. Consistía en Noé y sus tres hijos: Sem, Cam y Jafet, y sus familias. El Creador dividió a la humanidad en naciones distintas después que intentaron construir una torre para llegar al cielo, la bien conocida torre de babel. Cada grupo familiar adquirió una lengua diferente y una cultura aparte. De hecho, se hicieron tan diferentes, que ya no pudieron vivir juntos en paz y armonía. Se vieron obligados a ir cada cual por su lado y reubicarse en otras tierras. Cada familia tuvo su propio territorio, su propio idioma y su propia cultura, Había 70 familias diferentes, y cada una vivía por separado. La gente dejaba su territorio tribal sólo por asuntos de negocios. 

Nacionalidad y ciudadanía del pueblo hebreo

Antes que los israelitas entraran en la Tierra Prometida recibieron la orden de expulsar a las siete naciones idólatras y paganas cananeas que vivían en ella. La razón para ello fue que, si esas naciones no eran expulsadas, iban a contaminar a los israelitas con la ideología pagana de la idolatría, la inmoralidad y el barbarismo. La ciudadanía en Israel era por pacto y familia; esa era la única forma en que los extranjeros podían vivir entre los israelitas y tener parte en las bendiciones de Dios para toda la sociedad.

Jesús presenta a la Nueva Nación de Dios y la Nueva Ciudadanía 

Al quitarle Jesús el reino de Dios al antiguo Israel (Mateo 21:43) la base familiar de la ciudadanía política desaparece (Levítico 25:23-34). Ahora, la ciudadanía civil cristiana debe ser confesional. ¿Significa esto que las naciones cristianas deben tener abiertas sus fronteras? ¿Aceptar la ciudadanía civil en otras condiciones que no sea la confesión cristiana es hacer de los residentes extranjeros indeseables una amenaza?

Nacionalidad y ciudadanía del pueblo cristiano

NUESTRA CIUDADANÍA. Como estamos bajo Dios, también estamos bajo la revelación que hace Él de Sí mismo según Su ley ética y moral. La Biblia dice que somos ciudadanos del cielo. Pablo entendió este punto cuando escribió: «Nuestra ciudadanía está en los cielos» (Fil. 3:20a). Pero también somos ciudadanos de este mundo, y por lo tanto, estamos bajo las autoridades legítimas de aquí. Tenemos una    doble ciudadanía y eso complica más nuestra situación, porque nos enfrentamos al hecho de que somos ciudadanos de naciones, condados y ciudades con filosofías, ideologías y  religiones paganas.

La historia de los pasaportes

Los pasaportes no existieron en Occidente hasta 1914. Se sabe que pocas naciones occidentales tenían leyes de inmigración estrictas. También debemos tener en mente que no existía la democracia de masas o socialismo como los conocemos hoy. Antes de 1914 las personas que obedecían las leyes y trabajaban duro eran vistas como un beneficio y recibidas bien. Cuando la democracia de masas y el auge del socialismo comenzaron a difundirse, todas las cosas cambiaron para todos los que deseaban emigrar a las naciones occidentales. Con el aumento de los impuestos sobre la renta, la inmigración se hizo más difícil en toda nación. La mentalidad de fronteras cerradas es el resultado de que los extranjeros han querido apoderarse de beneficios que pertenecen a los contribuyentes. 

No hay un manual sencillo para la acción cristiana cuando la nación es más pagana que temerosa de Dios. Esto ha sido un hecho; el plan de acción aprobado por Dios se torna más complicado para el creyente nacido de nuevo; pero con todo, estamos obligados a darle cumplimiento.

Una raza humana muy dividida

Nosotros los seres humanos estamos profundamente divididos por cuestiones religiosas, raciales, geográficas, culturales y muchas más, según cada cual percibe la vida y la concepción del mundo, aunque todos somos de la misma sangre. Pablo, al dirigirse a los varones de Atenas, afirma que Dios creó el mundo (Hechos 17:24); ninguna persona, familia, institución social ni gobierno civil es soberano. Dios es el único y total soberano sobre todas las cosas, que no necesita nada del hombre (Hechos 17:25). «Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación» (Hechos 17:26). 

Unas personas que creían en la Biblia, los Puritanos, que vinieron aquí a practicar su fe cristiana sin persecución religiosa ni política, fundaron los Estados Unidos de América. Su visión de una Nación Bajo Dios está lejos de haberse cumplido. La mayoría de la gente que viene, de manera legal o ilegal, sólo quiere los beneficios materiales. Los cristianos estadounidenses tienen el derecho de preservar y proteger esta herencia de fe bíblica y los principios morales civilizados que se derivan de ella.

El problema real para los EE.UU. 

Los que vienen sin intenciones de cambiar su cultura están destruyendo a los Estados Unidos al traer sus fes rivales y dioses rivales; estos son los verdaderos peligros que enfrentan los Estados Unidos de América. Bajo esta luz, el problema real se refiere a  la teología y las confesiones rivales de fe. El asunto es el reino de Dios contra el reino de Satanás. Cuando los inmigrantes se hacen ciudadanos, reciben plenos derechos para votar, lo que significa que impondrán sus valores culturales con sus prácticas bárbaras, la adoración pagana y la brujería. Ya esto es el suicidio nacional. La mayoría de la población del tercer mundo detesta a los Estados Unidos. La gran mayoría de los que vienen, legales o ilegales, no simpatizan con los principios de la Civilización Bíblica Americana y están recibiendo el poder para destruirla. Semejante inmigración es un caballo de Troya que seguramente destruirá a esta «nación casi cristiana». 

La Ceremonia de Inauguración de la Estatua de la Libertad en 1886  

El 28 de octubre de 1886, el reverendo Richard S. Storrs, Doctor en Divinidades, dio inicio a la ceremonia de inauguración de la Estatua de la Libertad que Alumbra al Mundo con una oración:

Dios Todopoderoso, Padre nuestro celestial, que tienes infinita majestad y misericordia, por cuyo consejo y poder los rumbos del mundo son sabiamente ordenados e irresistiblemente establecidos, pero que tienes memoria de los hijos de los hombres y a quien nuestro homenaje y todas nuestras obras son justamente debidas: Te bendecimos y te alabamos…

Es con tu favor, y a través de la operación del Evangelio de tu gracia que las ciudades se mantienen en quieta prosperidad; que el comercio pacífico cubre los mares… 

Oramos por que la Libertad que representa pueda seguir iluminando con benéfica instrucción y bendiciendo con majestuosa y amplia bendición a las naciones que tienen parte en esta obra de renombre…

Oramos por todas las naciones de la tierra; que con equidad y amor se establezcan sus seguros fundamentos; que en piedad y sabiduría puedan hallar un bienestar real en obediencia a Ti, Gloria y alabanza; y que en todos los aspectos de su poder puedan ser siempre siervas gozosas de Aquel cuyo santo dominio y reino no tendrán fin. [1]

Los Estados Unidos de América deben seguir siendo, a toda costa:
Una Nación (bajo Dios)
Un Idioma (Inglés)
Una Fidelidad (el Juramento)
E Pluribus Unum

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[1] La Estatua de la Libertad Iluminando al Mundo. 28 de octubre de 1886, oración del Reverendo Richard S. Storrs, D.D. al dar inicio a la ceremonia de inauguración. Inauguración de la Estatua de la Libertad Iluminando al Mundo, por el Presidente de los Estados Unidos (Nueva York: D. Appleton y Compañía, 1887), pp. 18-21.