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La locura del salario mínimo Parte I

Thomas Sowell | 17 de septiembre de 2013

Las campañas políticas para aumentar el salario mínimo están de vuelta. Los partidarios de las leyes de salario mínimo a menudo se conceden el mérito de tener más «compasión» por «los pobres». Pero rara vez se molestan en comprobar cuáles son las consecuencias reales de esas leyes.

Uno de los principios económicos más simples y fundamentales es que la gente tiende a comprar más cuando el precio es más bajo, y menos cuando el precio es más alto. Sin embargo, los partidarios de las leyes de salario mínimo parecen creer que el gobierno puede aumentar el precio de la mano de obra sin reducir la cantidad de mano de obra que será contratada.

Cuando uno va de los principios económicos a los hechos fríos, el caso contra las leyes de salario mínimo se vuelve más sólido. Los países con leyes de salario mínimo casi siempre muestran tasas de desempleo más altas que los países que no tienen esas leyes.

La mayoría de las naciones de hoy tienen leyes de salario mínimo, pero no siempre las han tenido. Las tasas de desempleo han sido mucho menores en lugares y épocas en que no ha habido leyes de salario mínimo.

Suiza es una de las pocas naciones modernas que no tiene una ley de salario mínimo. En 2003, la revista The Economist informó: «El desempleo en Suiza se acercó al 3.9 por ciento, el más alto en cinco años, en el mes de febrero». En febrero de este año, la tasa de desempleo de Suiza era del 3.1 por ciento. Un número reciente de The Economist mostraba que la tasa de desempleo de Suiza era del 2.1 por ciento.

La mayor parte de los estadounidenses de hoy nunca han visto tasas de desempleo tan bajas. Sin embargo, hubo un tiempo en que no había ninguna ley federal de salario mínimo en los Estados Unidos. La última vez fue durante la Administración de Coolidge, en que la tasa anual de desempleo era tan baja como un 1.8 por ciento. Cuando Hong Kong era una colonia británica, no tenía ley de salario mínimo. En 1991, su tasa de desempleo estaba por debajo del 2 por ciento. 

En cuanto a «tener compasión» de «los pobres», eso presupone que hay alguna clase permanente de estadounidenses que son pobres en algún sentido significativo, y que hay algo compasivo en reducirles sus oportunidades de trabajo.

La mayoría de los estadounidenses que viven por debajo del nivel de pobreza establecido por el gobierno tiene una lavadora o una secadora, además de una computadora. Más del 80 por ciento tiene aire acondicionado. Prácticamente todos tienen televisor y un refrigerador. La mayor parte de los estadounidenses que viven por debajo del nivel de pobreza también poseen un vehículo de motor y tienen mayor espacio habitable que el europeo promedio; no mayor que el europeo pobre, sino mayor que el europeo promedio.

Entonces, ¿por qué se les llama «pobres»? Porque los burócratas del gobierno crean la definición oficial de pobreza y lo hacen de una manera tal que proporcione una justificación política para el Estado de beneficencia, y de paso, para los propios puestos de trabajo de los burócratas.

La mayoría de las personas en los rangos de ingreso más bajos no son una clase permanente. La mayor parte de las personas que están en el 20 por ciento más bajo de ingresos en un momento determinado no se quedan ahí para toda la vida. Son más los que terminan en el 20 por ciento superior que los que permanecen en el 20 por ciento inferior.

No hay nada misterioso en el hecho de que la mayoría de la gente comienza en puestos de trabajo básicos, que pagan mucho menos de lo que van a ganar después que tengan cierta experiencia de trabajo. Pero cuando se establecen niveles de salario mínimo sin tener en cuenta su productividad inicial, los jóvenes quedan desempleados desproporcionadamente, porque su rendimiento no justifica su precio. 

En los Estados de bienestar europeos, en los que los salarios mínimos y los beneficios que deben pagar los empleadores son más generosos que en los Estados Unidos, las tasas de desempleo de los trabajadores más jóvenes son a menudo un 20 por ciento o mayores, incluso cuando no hay recesión.

Los jóvenes desempleados no solo pierden la paga que podían haber ganado sino, lo que es igualmente importante, la experiencia que les permitiría ganar mayores salarios en el futuro.

Las minorías, igual que los jóvenes, pueden quedarse fuera de los trabajos por su precio. En los Estados Unidos, el último año en que la tasa de desempleo de los negros estuvo por debajo de la de los blancos -1930- fue también el último año en que no hubo ley federal de salario mínimo. La inflación de los años 1940 elevó la paga, hasta de los trabajadores no calificados, por encima del salario mínimo establecido en 1938. Económicamente fue lo mismo que si no hubiera ley de salario mínimo a finales de los ’40.

En 1948, la tasa de desempleo de los varones negros de 16 años y de los varones blancos de 17 fue del 9.4 por ciento. Esto es una fracción de lo que sería incluso en los años más prósperos de 1958 en adelante, pues el salario mínimo fue aumentado repetidamente para mantenerlo a la par con la inflación.

¡Y a eso llaman «compasión» por los «pobres»!