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La locura del salario mínimo Parte II

Thomas Sowell | 17 de septiembre de 2013

Una encuesta de economistas estadounidenses halló que el 90 por ciento de ellos consideraba que las leyes de salario mínimo aumentaban la tasa de desempleo entre los trabajadores de aptitud baja. La inexperiencia es a menudo el problema. Sólo un 2 por ciento de los estadounidenses mayores de 21 años ganaban el salario mínimo.

Los partidarios de las leyes de salario mínimo por lo general basan su apoyo a dichas leyes en cuánto «necesita» un trabajador para tener un «salario que le permita vivir», o en algún otro criterio que presta poca o ninguna atención al nivel de capacidades del trabajador, su experiencia o productividad general. Por lo tanto, no es de sorprenderse si las leyes de salarios mínimos establecen salarios que dejan a muchos trabajadores jóvenes sin un puesto de trabajo.

Lo que es sorprendente es que a pesar del cúmulo de evidencias, a través de los años, del efecto devastador que han tenido las leyes de salario mínimo en las tasas de desempleo de los adolescentes negros, los miembros del Caucus Negro del Congreso continúen votando a favor de esas leyes.

Una vez, hace años, durante una discusión confidencial con un miembro del Caucus Negro del Congreso, le pregunté cómo era posible que ellos votaran por las leyes de salario mínimo.

La respuesta que me dio fue que los miembros del Caucus Negro eran miembros de una coalición política y que, como tales, se esperaba que votaran a favor de cosas que deseaban otros miembros de la coalición como las leyes de salario mínimo, para que los demás miembros de la coalición votaran por cosas que el Caucus Negro deseaba.

Cuando le pregunté qué podrían obtener los miembros negros del Congreso, a cambio de apoyar las leyes de salario mínimo, que valiera la pena entregar por ellas a generaciones enteras de jóvenes negros en las garras de altas tasas de desempleo, la discusión concluyó abruptamente. Pude haber sido demasiado enfático cuando le hice la pregunta.

La misma pregunta se le podría hacer a los funcionarios públicos negros en general, incluyendo Barack Obama, que se han puesto de parte de los sindicatos de maestros, opuestos a las escuelas de becas o subsidiadas que les permiten a los padres negros (entre otros) sacar a sus hijos de las escuelas públicas que no dan la talla.

Las leyes de salario mínimo también pueden afectar el nivel de discriminación racial. En años anteriores, en los que la discriminación racial era aceptada legal y socialmente, las leyes de salario mínimo fueron usadas con frecuencia para sacar a las minorías del mercado laboral.

En 1925 se aprobó una ley de salario mínimo en la provincia canadiense de Columbia Británica, con la intención y efecto de sacar a los inmigrantes japoneses de los puestos de trabajo de la industria maderera.

Un estimado profesor de Harvard de esa época se refirió con aprobación a la ley australiana de salario mínimo como un medio para «proteger el nivel de vida de los australianos blancos de la competencia envidiosa de las razas de color, en particular, de los chinos» que estaban dispuestos a trabajar por menos.

En Sudáfrica, durante la época del apartheid, los sindicatos de obreros blancos exigieron que se aplicara a todas las razas una ley de salario mínimo, para impedir que los trabajadores negros les quitaran los puestos a los trabajadores sindicalizados blancos, ya que trabajaban por menos que lo establecido en la escala salarial del sindicato.

Algunos partidarios de la primera ley federal de salario mínimo en los Estados Unidos –la Ley Davis-Bacon de 1921- usaron exactamente la misma justificación, citando el hecho de que las compañías constructoras del Sur, que empleaban a trabajadores negros no sindicalizados, tenían la posibilidad de ir al Norte y ganarles la puja a las compañías constructoras que empleaban a trabajadores blancos sindicalizados.

Esos partidarios de las leyes de salario mínimo comprendieron hace tiempo algo que los partidarios de hoy parece que no se han molestado en pensar bien. Las personas cuyos salarios son aumentados por ley no se benefician necesariamente, porque a menudo tienen menos posibilidades de que los contraten con el salario mínimo obligatorio.

Los sindicatos han estado apoyando las leyes de salario mínimo en países de todo el mundo, pues esas leyes sacan a los trabajadores no sindicalizados de sus trabajos y con ello dejan más puestos de trabajo para los miembros del sindicato.

Las personas que están contentas por promover políticas que suenan bien, sea por motivos políticos o sólo para sentirse bien consigo mismas, con frecuencia no se molestan en calcular de antemano las consecuencias ni en comprobar después los resultados.

Si pensaran bien las cosas, se hubieran dado cuenta de que tener una gran cantidad de adolescentes ociosos vagando juntos por las calles no es bueno para ninguna comunidad, especialmente en los lugares en que la mayoría de esos jóvenes son criados por madres solteras, otra consecuencia no intencional, en este caso, de las políticas de beneficencia bien intencionadas.