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Declaración de Independencia

Elaborada por Thomas Jefferson entre el 11 y el 28 de junio de 1776, la Declaración de Independencia es sin dudas el más preciado símbolo de libertad de la nación y el monumento más imperecedero de Jefferson. Aquí, en frases exaltadas e inolvidables, Jefferson expresó las convicciones que estaban en las mentes y los corazones del pueblo americano. La filosofía política de la Declaración no era nueva: sus ideales de libertad individual ya había sido expresados por John Locke y los filósofos continentales. Lo que hizo Jefferson fue resumir esa filosofía en «verdades evidentes» y presentar una relación de acusaciones contra el Rey para justificar ante el mundo la ruptura de los vínculos entre las colonias y su madre patria.

* bajo el documento encontrará la transcripción de la Declaración de Independencia

 

 EN CONGRESO, EL 4 DE JULIO DE 1776

La Declaración unánime de los trece Estados unidos de América,

Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario que un pueblo disuelva los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tome entre las naciones de la Tierra el puesto separado e igual al que las leyes de la naturaleza y del Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.

Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera una forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos en dichos principios, y que organice sus poderes en forma tal que a ellos les parezca más probable que genere su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que los gobiernos establecidos hace mucho tiempo no se cambien por motivos leves y transitorios; y, de acuerdo con esto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a sufrir, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia mediante la abolición de las formas a las que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, que persigue invariablemente el mismo objetivo, evidencia el designio de someterlos bajo un despotismo absoluto, es el derecho de ellos, es el deber de ellos, derrocar ese gobierno y proveer nuevas salvaguardas para su futura seguridad. --Tal ha sido el paciente sufrimiento de estas colonias; y tal es ahora la necesidad que las compele a alterar su antiguo sistema. La historia del presente rey de la Gran Bretaña es una historia de repetidas injurias y usurpaciones, cuyo objeto principal es y ha sido el establecimiento de una absoluta tiranía sobre estos Estados. Para probar esto, sometemos los hechos al juicio de un mundo imparcial.

Ha rehusado asentir a las leyes más convenientes y necesarias al bien público de estas colonias, prohibiendo a sus gobernadores sancionar aun aquellas que eran de inmediata y urgente necesidad a menos que se suspendiese su ejecución hasta obtener su consentimiento, y estando así suspensas las ha desatendido enteramente. Ha reprobado las providencias dictadas para la repartición de distritos de los pueblos, exigiendo violentamente que estos renunciasen el derecho de representación en sus legislaturas, derecho inestimable para ellos, y formidable sólo para los tiranos. Ha convocado cuerpos legislativos fuera de los lugares acostumbrados, y en sitos distantes del depósito de sus registros públicos con el único fin de molestarlos hasta obligarlos a convenir con sus medidas, y cuando estas violencias no han tenido el efecto que se esperaba, se han disuelto las salas de representantes por oponerse firme y valerosamente a las invocaciones proyectadas contra los derechos del pueblo, rehusando por largo tiempo después de desolación semejante a que se eligiesen otros, por lo que los poderes legislativos, incapaces de aniquilación, han recaído sobre el pueblo para su ejercicio, quedando el estado, entre tanto, expuesto a todo el peligro de una invasión exterior y de convulsiones internas. Se ha esforzado en estorbar los progresos de la población en estos Estados, obstruyendo a este fin las leyes para la naturalización de los extranjeros, rehusando sancionar otras para promover su establecimiento en ellos, y prohibiéndoles adquirir nuevas propiedades en estos países. En el orden judicial, ha obstruido la administración de justicia, oponiéndose a las leyes necesarias para consolidar la autoridad de los tribunales, creando jueces que dependen solamente de su voluntad, por recibir de él el nombramiento de sus empleos y pagamento de sus sueldos, y mandando un enjambre de oficiales para oprimir a nuestro pueblo y empobrecerlo con sus estafas y rapiñas. Ha atentado a la libertad civil de los ciudadanos, manteniendo en tiempo de paz entre nosotros tropas armadas, sin el consentimiento de nuestra legislatura: procurando hacer al militar independiente y superior al poder civil: combinando con nuestros vecinos, con plan despótico para sujetarnos a una jurisdicción extraña a nuestras leyes y no reconocida por nuestra constitución: destruyendo nuestro tráfico en todas las partes del mundo y poniendo impuestos sin nuestro consentimiento: privándonos en muchos casos de las defensas que proporciona el juicio por jurados: transportándonos más allá de los mares para ser juzgados por delitos supuestos: aboliendo el libre sistema de la ley inglesa en una provincia confinante: alterando fundamentalmente las formas de nuestros gobiernos y nuestras propias legislaturas y declarándose el mismo investido con el poder de dictar leyes para nosotros en todos los casos, cualesquiera que fuesen. Ha abdicado el derecho que tenía para gobernarnos, declarándonos la guerra y poniéndonos fuera de su protección: haciendo el pillaje en nuestros mares; asolando nuestras costas; quitando la vida a nuestros conciudadanos y poniéndonos a merced de numerosos ejércitos extranjeros para completar la obra de muerte, desolación y tiranía comenzada y continuada con circunstancias de crueldad y perfidia totalmente indignas del jefe de una nación civilizada. Ha compelido a nuestros conciudadanos hechos prisioneros en alta mar a llevar armas contra su patria, constituyéndose en verdugos de sus amigos y hermanos o a caer ellos mismos por sus manos. Ha excitado insurrecciones domésticas y se ha esforzado en provocar a los habitantes de nuestras fronteras, los inmisericordes indios salvajes, cuya conocida regla de guerra es una destrucción sin distinción de edad, sexo y condición.

A cada grado de estas opresiones hemos suplicado por la reforma en los términos más humildes; nuestras súplicas han sido contestadas con repetidas injurias. Un príncipe cuyo carácter está marcado por todos los actos que definen a un tirano, no es apto para ser el gobernador de un pueblo libre.

Tampoco hemos faltado a la consideración debida hacia nuestros hermanos británicos; les hemos advertido de tiempo en tiempo del atentado cometido por su legislatura en extender una ilegítima jurisdicción sobre las nuestras. Les hemos recordado las circunstancias de nuestra emigración y establecimiento en estos países; hemos apelado a su natural justicia y magnanimidad, conjurándolos por los vínculos de nuestro origen común a renunciar a esas usurpaciones que inevitablemente acabarían por interrumpir nuestra correspondencia y conexiones. También se han mostrado sordos a la voz de la justicia y consanguinidad. Debemos, por tanto, someternos a la necesidad que anuncia nuestra separación, y tratarlos como al resto del género humano: enemigos en la guerra y amigos en la paz.

Por tanto, nosotros, los representantes de los Estados unidos de América, reunidos en Congreso General, apelando al Juez Supremo del universo, por la rectitud de nuestras intenciones, y en el nombre y con la autoridad del pueblo de estas Colonias, publicamos y declaramos lo presente: que estas colonias son, y por derecho deben ser, Estados libres e independientes; que están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona británica: que toda conexión política entre ellas y el estado de la Gran Bretaña, es y debe ser totalmente disuelta, y que como Estados libres e independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concluir la paz, contraer alianzas, establecer comercio y hacer todos los otros actos que los estados independientes pueden por derecho efectuar. Así que, para sostener esta declaración con una firme confianza en la protección de la divina Providencia, nosotros empeñamos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor.


Las 56 firmas de la Declaración aparecen en las posiciones indicadas:

Columna 1 
Georgia:    
Button Gwinnett    
Lyman Hall    
George Walton
 
Columna 2 
Carolina del Norte:    
William Hooper    
Joseph Hewes    
John Penn
South Carolina:    
Edward Rutledge    
Thomas Heyward, Jr.   
Thomas Lynch, Jr.   
Arthur Middleton

Columna 3 
Massachusetts:
John Hancock
Maryland:
Samuel Chase
William Paca
Thomas Stone
Charles Carroll of Carrollton
Virginia:
George Wythe
Richard Henry Lee
Thomas Jefferson
Benjamin Harrison
Thomas Nelson, Jr.
Francis Lightfoot Lee
Carter Braxton

Columna 4
Pennsylvania:    
Robert Morris    
Benjamin Rush    
Benjamin Franklin    
John Morton    
George Clymer    
James Smith    
George Taylor    
James Wilson    
George Ross
Delaware:    
Caesar Rodney    
George Read    
Thomas McKean

Columna 5 
Nueva York:    
William Floyd    
Philip Livingston    
Francis Lewis   
Lewis Morris
Nueva Jersey:    
Richard Stockton    
John Witherspoon    
Francis Hopkinson    
John Hart    
Abraham Clark

Columna 6
Nuevo Hampshire:    
Josiah Bartlett    
William Whipple
Massachusetts:    
Samuel Adams    
John Adams    
Robert Treat Paine    
Elbridge Gerry
Rhode Island:    
Stephen Hopkins    
William Ellery
Connecticut:    
Roger Sherman    
Samuel Huntington    
William Williams    
Oliver Wolcott
Nuevo Hampshire:    
Matthew Thornton