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El creador de «The Wire» pide más socialismo

S.T. Karnick | 10 de diciembre de 2013

El productor de televisión David Simon acaba de elaborar un largo y apasionado ensayo para The Guardian, en el cual dice que la desigualdad económica en los Estados Unidos ha aumentado al punto de que hoy hay dos Estados Unidos, en términos socioeconómicos, y que el diagnóstico de Karl Marx para la cura de los problemas económicos es correcto, aunque sus soluciones no lo son.

Simon, un ex periodista, creador y productor de The Wire y de Treme, también denuncia correctamente la colaboración entre el gobierno y los grandes negocios, en la cual los últimos reciben favores del primero (que estrangula a los competidores más pequeños, más eficientes y en ascenso) y le pagan con dinero para las campañas políticas y ventajosos trabajos en el sector privado después del retiro de la vida pública. (Desafortunadamente, no reconoce, ni siquiera menciona, que sin el abuso del poder del gobierno, la avaricia de cualquier negocio corrupto se vería frenada por los procesos naturales del mercado.)

En su ensayo, Simon más bien busca desesperadamente una Tercera Vía, en la cual las energías productivas del mercado libre puedan ser utilizadas para cualquier cosa que él considere que es un objetivo socialmente positivo, en este caso, la reducción de la desigualdad económica:

Confundir el capitalismo con un esquema para construir una sociedad, realmente me golpea como una idea peligrosa en un mal camino. El capitalismo es una maquinaria notable para producir riqueza. Es una gran herramienta para tenerla en su caja si usted está tratando de crear una sociedad y de hacerla avanzar. Usted no querría seguir adelante en ese punto sin tenerla. Pero no es un esquema para construir la sociedad justa. Hay otros índices, aparte del informe trimestral de ganancias.

No conozco a nadie que sugiera que la libertad de mercado es suficiente de por sí para construir una sociedad buena y justa. El asunto no es que sea suficiente, sino que es necesaria. El punto adicional que plantean muchos defensores del mercado libre es que las mismas virtudes que gente como Simon quiere estimular son fortalecidas por la libertad de mercado y radicalmente saboteadas por el estatismo.

Ignorando esas realidades, Simon dice que el socialismo es el camino necesario hacia la justicia, y ofrece las políticas económicas catastróficas de Herbert Hoover y Franklin Delano Roosevelt como el modelo que deberíamos imitar hoy en día:

En 1932 la situación mejoró [¿De verdad? Mire las cifras] porque repartieron de nuevo las cartas y había una lógica comunal, que decía que nadie se iba a quedar atrás. Vamos a pensar en esto. Vamos a dejar abiertos los bancos. Desde las profundidades de aquella depresión se hizo un acuerdo social entre el trabajador, entre el movimiento obrero y el capital que realmente le permitió a la gente tener alguna esperanza.

Simon llega a esta conclusión nada original y desastrosamente errada porque construye todo su argumento sobre una premisa obviamente falsa: que el capitalismo de mercado crea una disfunción económica que conduce a «dos Estados Unidos», uno rico y el otro pobre.

Esta premisa es falsa, y los hechos lo prueban. Uno: el coeficiente de Gini muestra que la desigualdad no ha aumentado en los Estados Unidos desde 1960. Además, la diferencia entre los «dos EE.UU.» tiene una correlación principal: el matrimonio antes del parto. Los dos EE.UU. están divididos por actitudes, mayormente con respecto al matrimonio y la formación de la familia, y no con relación a ciertos fallos misteriosos de la libertad. La solución al problema de la desigualdad (que, debo reiterar, no está en aumento) no es más tutelaje gubernamental, sino más libertad y un sentido de la responsabilidad personal, y de búsqueda de las recompensas que vienen con ella.

A los pobres siempre los tendremos con nosotros, pero la libertad económica, religiosa y social sí crean una marea llenante que pone a flote a todos los botes y lo ha hecho así dondequiera que ha sido puesta a prueba. Las políticas socialistas como las de Simon, por bien intencionadas que sean, sólo producen más pobres y más sufrimiento humano.