Fija tu mirada más allá del Niño Jesús

Ramón Arias | 22 de diciembre de 2014

No tengo ningún problema que se celebre el nacimiento de Jesús; es un hecho verídico y ocurrió aproximadamente hace 2,000 años. Disfruto y admiro cómo surge el colorido de las luces que visten a las ciudades y es difícil ignorar el poder del mensaje de los villancicos navideños que hablan de Jesús y de su venida a la tierra. Se tratan de cómo Dios se hizo hombre con la misión de salvar a la humanidad y restaurarlos a una relación correcta con el Padre y Creador de todas las cosas. Es acerca del regalo más grande que jamás se podría recibir. Jesús es la luz, el camino, la verdad y la vida. ¡No hay otro como Él!

Al celebrar el nacimiento de Cristo no olvidemos ir más allá del bebé Jesús y no sólo verlo por quién fue sino verlo por quien es.

“Esa noche había unos pastores en los campos cercanos, que estaban cuidando sus rebaños de ovejas. De repente, apareció entre ellos un ángel del Señor, y el resplandor de la gloria del Señor los rodeó. Los pastores estaban aterrados, pero el ángel los tranquilizó. «No tengan miedo —dijo—. Les traigo buenas noticias que darán gran alegría a toda la gente. ¡El Salvador —sí, el Mesías, el Señor— ha nacido hoy en Belén, la ciudad de David! Y lo reconocerán por la siguiente señal: encontrarán a un niño envuelto en tiras de tela, acostado en un pesebre». De pronto, se unió a ese ángel una inmensa multitud —los ejércitos celestiales— que alababan a Dios y decían:

«Gloria a Dios en el cielo más alto
     y paz en la tierra para aquellos en quienes Dios se complace»….
 

“Ocho días después, cuando el bebé fue circuncidado, le pusieron por nombre Jesús, el nombre que había dado el ángel aun antes de que el niño fuera concebido.

“Luego llegó el tiempo para la ofrenda de purificación, como exigía la ley de Moisés después del nacimiento de un niño; así que sus padres lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor. La ley del Señor dice: «Si el primer hijo de una mujer es varón, habrá que dedicarlo al Señor». Así que ellos ofrecieron el sacrificio requerido en la ley del Señor, que consistía en «un par de tórtolas o dos pichones de paloma». En ese tiempo, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era justo y devoto, y esperaba con anhelo que llegara el Mesías y rescatara a Israel. El Espíritu Santo estaba sobre él y le había revelado que no moriría sin antes ver al Mesías del Señor. Ese día, el Espíritu lo guió al templo. De manera que, cuando María y José llegaron para presentar al bebé Jesús ante el Señor como exigía la ley, Simeón estaba allí. Tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios diciendo:

«Señor Soberano, permite ahora que tu siervo muera en paz, 
     como prometiste.
He visto tu salvación
     la que preparaste para toda la gente.
Él es una luz para revelar a Dios a las naciones, 
     ¡y es la gloria de tu pueblo Israel!».
 

“Los padres de Jesús estaban asombrados de lo que se decía de él. Entonces Simeón les dio su bendición y le dijo a María, la madre del bebé: «Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como una señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma»”. – Lucas 2:8-14, 21-35

“Pues, En el momento preciso, Cristo será revelado desde el cielo por el bendito y único Dios todopoderoso, el Rey de todos los reyes y el Señor de todos los señores. Él es el único que nunca muere y vive en medio de una luz tan brillante que ningún ser humano puede acercarse a él. Ningún ojo humano jamás lo ha visto y nunca lo hará. ¡Que a él sea todo el honor y el poder para siempre! Amén”. – 1 Timoteo 6:15-16

“Ellos pelearán contra el Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque El es Señor de señores y Rey de reyes, y los que están con El son llamados, escogidos y fieles”. – Apocalipsis 17:14

“En Su manto y en Su muslo tiene un nombre escrito: «REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES»”. – Apocalipsis 19:16

“Pues el Señor tu Dios es Dios de dioses y Señor de señores. Él es el gran Dios, poderoso e imponente, que no muestra parcialidad y no acepta sobornos.” –  Deuteronomio 10:17